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Albertina Carri: la experiencia expandida

Albertina Carri, la reconocida directora de Los Rubios y Cuatreros, irrumpe en el mundo de las letras con la publicación de su primera novela Lo que aprendí de las bestias (Literatura Random House, 2021). No es una novedad para el universo de las directoras argentinas el diálogo entre la dirección de cine y la escritura de ficción. Lucía Puenzo, directora de XXY, también tiene notables novelas como El niño pez (Beatriz Viterbo; Emecé/Planeta) y Los invisibles (Tusquets). Ambas se destacan como guionistas de cine y TV. Pero este diálogo se vuelve particular en Carri por el tipo de cine experimental que ha creado y los temas que le estimulan búsquedas de sentido. En todas sus películas, ya sean las que resuenan más a documental o las de ficción, Carri explora preguntas sobre la identidad y qué es o quiénes son familia. Es desde ahí que construye o prueba respuestas desplegando recursos estéticos propios, bellos e incómodos.

La presentación de su novela deja al descubierto que lo particular de Carri es que sus obras dialogan entre sí permitiendo a quien sigue sus creaciones reconocerse dentro de su universo. Y es que la invitación no sólo viene por los cuestionamientos que plantea y que, de manera trabajosa, aborda con profundidad, inteligencia y valentía. Uno ingresa a su universo porque sus preguntas son auténticas y su seguidora se vuelve espectadora de ese diálogo que constituye una búsqueda de su propia identidad. Identidades que son muchas porque aborda temas tan constitutivos y diversos como ser sujeto histórico hasta reconocerse como ser deseante. En su búsqueda, uno se encuentra y las preguntas en las que se siente envuelto pueden llevarte a una a lugares perturbadores y oscuros. Carri se ha vuelto generosa al compartir sus intrigas haciendo cómplices a sus espectadores y lectores. Comparte sus hipótesis y encuentra un cómplice, una compañía a partir de sus obras. Y la lectura de su novela trae un nuevo camino para el andar cerca.

Lo que aprendió de las bestias

loqueaprendidelasbestiasEn Lo que aprendí de las bestias, Carri vuelve a los temas de Albertina: la familia, el olvido, la mentira, la orfandad, apelar a los muertos, las formas del amor. En la novela nos encontramos con una narradora homónima a la escritora que despliega un universo sensorial, íntimo y indócil. Desde recuerdos de la infancia donde una niña contempla su alrededor, sean experiencias en cuartos cerrados donde se enfrenta al mundo abusivo del adulto o frente a la extensión de la pampa donde, inquieta y solitaria, descubre los avatares de la naturaleza; la expansión sensorial se despliega. Los colores del cielo, la maldad de las personas, la amistad amada, los amantes y el espacio familiar se dispersan y repliegan entre recuerdos y experiencias de la narradora. Por momentos, el lector cree que ella lo hace parte de sus secretos y le devela pensamientos. Es el poder hipnótico de Carri. Como recurso, la artista se mueve con soltura en la conquista de sus seguidores. Es el juego entre la realidad y la ficción, como en Los Rubios y en Cuatreros. Pareciera que a Carri poco le preocupa la veracidad, la verdad.

Intelectual sin ser petulante, su escritura explora un vocabulario rico y se nota la intención de su uso preciso, donde también aparece el humor. La preocupación por ser leal a transmitir sensaciones se observa cuando recurre a registros visuales que hacen a formas del cine y de la poesía. También hay recursos sonoros en su obra escrita. Lo que aprendí de las bestias hizo que se me develara su universo sonoro y onírico al que recurre Carri en todas sus obras. Celebradas escenas en Las hijas del fuego reverberan cuando aparecen escenas de ensoñación y hasta formas de la ciencia ficción que se plasman en la novela.

En todo su arco expresivo, el valor de la palabra es un viaje compartido. Un viaje ya iniciado desde otras de sus obras o una propuesta de punto de partida para comenzar el recorrido. Adentrarse en sus creaciones le hacen a una suponer que dialoga con ella. Es el juego que proponen de sus narradoras, las que aparecen en sus películas o en su novela. Una se pregunta si acaso sus narradoras están prisioneras de Albertina Carri o cuánto hay de Albertina Carri en las narradoras Albertinas. Todas ellas ponen de manifiesto las oscuridades y hacen que una transite por los espacios de la intimidad que mejor no explorar, aunque una sabe que viven a oscuras y a veces se visitan. Carri no sólo las visita a la luz del día, sino que, sobria, te comparte las de ella sin pudor.

 

Carri demuestra que conoce el vocabulario de las pampas, y las imágenes que rugen de la contemplación. En la novela no escatima en descripciones que expanden los imaginarios y las imágenes que se dibujan entre la ciudad y el campo. La exploración del mundo animal, lo sensorial en el tacto y la percepción sonora son manifestaciones nacidas de la observación.

Como en sus películas, Lo que aprendí de las bestias provoca en su lectura una sensación de ser menos huérfana de lo que nos devela a cada persona la vida. Parte de su talento está en la dedicación delicada y sofisticada de crear su propio lenguaje sin sobresaltos y de exponer el presente del pasado.

Lo que trajo la pandemia

Los mundos a los que pertenece Carri no pueden prescindirse entre sí. Y como algo constitutivo en ella, en Lo que aprendí de las bestias recurre a referencias al cine para expresar sensaciones. Es, también un guiño de complicidad con un público cinéfilo. Descubierto esto podemos hacer nuevas lecturas y reconocer en su cine u obra audiovisual que sus textos tienen un valor central. En Punto impropio, instalación presentada en el Parque de la Memoria,  recupera la correspondencia de su madre desaparecida, y ubica la palabra enunciada como protagonista.

Adentrarse en la obra de Albertina Carri es superar su mero reconocimiento como directora de cine. Su presencia en la escena artística rebalsa ese mundo y lo trasciende. También en el plano internacional. El 2021, Carri fue invitada a formar parte del Jurado del Berlinale, el relevante festival internacional alemán. También, de aquel país, obtuvo la beca DAAD y fue tapa de la revista L.Mag, un magazine del universo lésbico.

Los últimos dos años han sido una expansión de los canales de expresión de Carri. Años que le permitieron incursionar en la publicación de sus escritos y disfrutar de su trascendencia en el mundo del cine. Antes de Lo que aprendí de las bestias publicó el libro de poemas Retratos ciegos (Mansalva), una propuesta creada junto a la artista plástica Juliana Laffitte quien suma sus dibujos a este proyecto nacido de una intención por el compartir. También, fue durante la pandemia que Carri recibió la invitación de Liliana Viola para participar de Correspondencia abierta una propuesta de escritura experimental del Centro Cultural Kirchner. Durante 10 días tuvo un intercambio epistolar con la epistemóloga Esther Díaz. Orientadas por preguntas sobre la memoria y el olvido, ese diálogo devino en un podcast y ya se anunció su publicación como libro.

Arriesgada, la valentía de Carri no sólo está en su capacidad de exploración sino también en sostener la perturbación como recurso estético e identitatario. Es una marca de su propia rebeldía y de la búsqueda del goce como encuentro. Pesadillas, realidad y ficción; vigilia, contemplación y ensoñación; son espacios que ofrece la artista al compartir su obra. Una obra que redunda en ecos biográficos. Su novela, que resuena como una confesión que perturba al lector, lo deja en un lugar de cómplice o engañado si cree que algo del relato es verdad. ¿Acaso sabemos todo sobre su vida? Una obra más de su arte único. Aquel que no toma atajos de los recorridos ya celebrados.

 

 

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