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Tras las huellas de Marcelo Fox

Dicen que en su tarjeta personal se hacía llamar “emperador secreto del mundo”. Que gritaba “soy nazi” y después “soy comunista” y que solía cruzar la calle con los ojos cerrados, llevando su vida al límite. Dicen que estaba loco. Algunos pocos, como Alberto Laiseca y Enrique Fogwill dirían que fue simplemente un genio.

Un escritor genio cuyos dos únicos libros publicados hoy ya son imposibles de conseguir.

Su nombre fue Marcelo Fox.

El último dadaísta.

El primer punk.

El hombre-mito.

El escritor maldito que permanecía dormido hasta hoy.

¿Cómo se cuenta una leyenda? ¿Cómo se cuenta un escritor que en la actualidad permanece en gran parte inaccesible a sus lectores, salvo por el rescate que han hecho un grupo de investigadores de algunos textos que Fox escribió para algunas revistas en los años sesentas y que, de a poco, vuelven a circular?

En ‘Vida, obra y milagros de Marcelo Fox’, libro editado recientemente por Borde Perdido Editora, y ganador de una mención especial en el 2021 en el Fondo Nacional de las Artes, sus autores Matías Raia—creador del alucinante blog `Golosina Caníbal´—y Agustín Conde De Boeck se proponen reconstruir la figura del escritor maldito, y con ella, el mundo que lo rodeaba: lo que ellos llaman la contracultura de la contracultura de los años sesentas.

El libro es fragmentario, se compone de retazos de archivos y de recuerdos de una vida que resulta inenarrable del todo por su carácter enigmático. Hay voces que se citan solo al final, un canto donde no importan los nombres propios en su primera lectura, sino la construcción coral de la memoria sobre un personaje que se esfuma, alimentando el mito a medida que se cuenta.

Marcelo Fox nació en Argentina en 1942 y murió atropellado por un tren treinta años después, en un hecho que algunos sostienen fue un accidente, y otros, un suicidio. Hijo de padres adinerados, estudió Letras en la Facultad de Buenos Aires, y frecuentó aquellos espacios habitados por la bohemia de aquel entonces: la llamada Manzana Loca, en donde se encontraba el Instituto Di Tella y el bar Moderno. Cercano al grupo Opium, integrado por los beatniks argentinos Sergio Mulet, Ruy Rodríguez, Mariani e Isidoro Laufer—pueden leer más sobre ellos en el libro de Federico Barea ‘Argentina Beat’ (Caja Negra Editora) —, publicó sus primeros textos en revistas como Eco Contemporáneo y La Hipotenusa.

e7yrkqawqam7zyv1-6887acb834710c5af116338259683731-640-0Sacó solo dos libros:  Invitación a la masacre (1965)—de cuentos— y Señal de Fuego (1968)—de aforismos—, en donde desplegó todo su universo literario. Entre el esoterismo y la locura se situaba la escritura de Fox. Una escritura metafísica, cargada de símbolos, oscura y luminosa a la vez—hay en ella reminiscencias de Lautréamont—, de búsqueda de esencias humanas, llena de palabras en mayúscula como Luz, Oscuridad, Iluminación, Verdad. En su primer libro, que raras veces se puede encontrar en su versión pirata en MercadoLibre —es que su familia se niega a reeditarlo, acaso por la posible interpretación sobre la apología al nazismo que hacía en ellos, la esvástica como símbolo recurrente—,nos encontramos con una serie de cuentos en donde los protagonistas resultan ser hombres devenidos en monstruos que buscan la destrucción total. Leerlos hoy resulta escalofriante. Hay en estos cuentos torturadores que usan picanas bendecidas por la Iglesia, hay Escuela de oficiales Verdugos de la Nación, una violencia que anticipa el terror perpetrado por la dictadura militar argentina once años después.

Raia y Conde De Boeck trazan alrededor de la figura de Marcelo Fox una constelación de nombres que refulgen magia, esoterismo, excentricidades artísticas propias del circuito contracultural porteño de aquellos tiempos. Por ejemplo, aparece en el libro quien fuera su maestro, gurú, Ithacar Jalí (seudónimo del actor Enrique Lerena de la Serna). Hay comparaciones con la obra de Alejandra Pizarnik. También hay una entrevista realizada a Laiseca en el 2016, en donde contaba cómo se habían conocido con Fox. Cuentan los alumnos de Laiseca que en sus talleres él repartía fotocopias de los libros de Fox, como un gesto de divulgación de un autor que también aparecería como personaje en sus libros, al igual que en los de Fogwill.

Ir tras las huellas de Marcelo Fox es también trazar una cartografía de una capital federal que ya no existe. Bares que fueron lugar de encuentro de artistas y que hoy fueron reemplazados por supermercados. Es rescatar del olvido editoriales que han desaparecido pero que fueron fundamentales al momento de publicar una literatura alejada de los estándares comerciales, que buscaba su propia autenticidad. A Fox lo habían publicado Falbo y Yelpo, dos editoriales que ya no existen pero cuya historia podemos leer también dentro del libro de Raia y Conde De Boeck.

“La muerte sería más soportable sabiendo que voy a ser rescatado a posteriori. No. Nunca nadie las leerá. Estoy condenado. Pero quizá. Escribo”, dice uno de los hombres devenidos en monstruo en ‘Invitación a la masacre’, en otro texto que resulta profético, considerando lo que el destino le deparó al autor. Hoy un nuevo libro viene a rescatar su figura. Y con ella rescata también una porción de nuestra historia cultural que invita a pensar nuevas búsquedas, a dejarnos recorrer esos años y ese circuito para (re)descubrir autores y autoras que, como Fox, merecen despertar de la siesta, para volver a circular entre nuevos lectores, su literatura viva, viajando de generación en generación.

 

 

 

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