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Violeta Serrano

MALLO

Ya nadie se llamará como yo, de A. Fernández Mallo

No creció viendo dibujitos de Disney. Recuerda, sí, que tras ver Tarzán se le ocurría colgarse de las cortinas de la casa como si fueran lianas. Y lo hacía. Inquieto, hijo menor de cuatro hermanos. único varón. Cuando se hizo grande se licenció en Ciencias Físicas. Asegura, aún hoy, que la mirada de un poeta y la de un científico funcionan de un modo similar al “preguntarse por la naturaleza de las cosas y, a

Silvia Perez Cruz

Sílvia Pérez Cruz, la voz indomable

Dice que se juega mucho cada vez. Nada menos que su propia felicidad. Y la de su hija, Lola, que se llama así por Lola Flores, la artista flamenca más popular de todos los tiempos. Ella quería que la cadena funcionase: que Lola tuviera una madre feliz, así que ella lo intenta con ímpetu desde siempre; jugárselo todo cada vez que ejerce su arte. A pesar de que es difícil, muy difícil. La mayoría de

catarescu

El Levante, de Mircea Catarescu

**La policía hizo que aquello se esfumase. No era San Francisco sino Bucarest. Rumania no quiso permitirse tener sus propios Beats y cerró lo que la “Generación de los Tejanos” llamó El círculo de los lunes, la cita semanal a la que, mientras pudo, Mircea Cartarescu acudió con religiosidad a recitar versos que clamaban contra la cultura oficial y el establishment del momento. Querían ser los beatniks del otro lado del océano. Pero no se

El comité de la noche, de Belén Gopegui

*“¿Usted sabe que su libro vale un cuarto de litro de sangre?” No, no lo sabía. La pregunta iba dirigida a Belén Gopegui quien, en ese momento se encontraba dando una conferencia en Sevilla. Esa cuestión cruzó la sala para crear, después, un mundo entero en forma de novela. El comité de la noche es la consecuencia de aquella intervención en Sevilla. Cuando terminó de hablar, Gopegui buscó a la persona que había instalado esa

eduardo lago

Siempre supe que volvería a verte, Aurora Lee

*Una escritora almuerza con Enrique Vila-Matas y Eduardo Lago en París. Dominique González Foerster le advierte a Lago en un momento de la conversación que lo que ha leído de él le recuerda a la última obra de Nabokov, El original de Laura. “¿La conoces?”, le pregunta. “La verdad es que no”, confiesa él. Pero cuando regresa a Nueva York, la ciudad en la que reside desde hace casi treinta años, busca el libro. En

Lola Lafon

La pequeña comunista que no sonreía nunca

*En el dorsal blanquísimo de una niña leve como un suspiro atragantado, el número 73 empieza a cobrar sentido. Tanto que, años después, en el 2006, la NASA enviará al espacio imágenes de lo que allá va a suceder para que sirva como ejemplo de lo que somos capaces los seres humanos. El registro proviene de la televisación de los Juegos Olímpicos de Montreal en 1976. La chica corre y pone en marcha su maquinaria

Berna González Harbour

Berna G. Harbour: ‘En tiempos de crisis la literatura gana’

  Berna G. Harbour Por Violeta Serrano   Hace menos de una década que escribe ficción. Leyó que Vargas Llosa se inspiraba en París, en Londres, en los cafés de los principales museos. Así que ella, bien joven, en sus primeras vacaciones se propuso hacer lo mismo y allá se fue, con  la compañía de un cuaderno y una lapicera. Pero apenas le salía nada. Poco después renunció: conciliar trabajo y familia no es fácil para casi

Sara Facio

Sara Facio: “Nos interesaba mucho más hacer obras que tener plata”

 Sara Facio (Segunda parte)Por Violeta Serrano Tras más de media hora de charla, Sara Facio se relaja, dulcifica aún más el gesto, multiplica esa belleza que poseen las mujeres que se atrevieron a contravenir las reglas dictadas. Ella, que conoció a gigantes cuando eran apenas larvas. Ella, que tuvo la intuición de que un día serían vacas sagradas. Ella, que admiró tanto a Simone de Beauvoir que nunca se atrevió a pedirle que la dejase

Sara Facio

Sara Facio: “Los fotógrafos te pueden robar el alma”

 Sara Facio (Primera parte)Por Violeta Serrano Cuando abre la puerta de su casa el rostro se ilumina. El suyo. El nuestro. Caminamos compungidas ante la galería artística que es el pasillo de su hogar. Un piso bajo, a ras de suelo, repleto de luz. Nos conduce al final del laberinto y allá se sienta en su silla de trabajo y sonríe. Elegante desde su mirada hasta el último dedo del pie, Sara Facio nos ha