El Levante, de Mircea Catarescu

**La policía hizo que aquello se esfumase. No era San Francisco sino Bucarest. Rumania no quiso permitirse tener sus propios Beats y cerró lo que la “Generación de los Tejanos” llamó El círculo de los lunes, la cita semanal a la que, mientras pudo, Mircea Cartarescu acudió con religiosidad a recitar versos que clamaban contra la cultura oficial y el establishment del momento. Querían ser los beatniks del otro lado del océano. Pero no se pudo. Ni siquiera llevar el pelo largo que ahora luce porque, entonces, lo común era que la policía, según dice, andase por Rumania tijera en mano, tanto para rasgar cabelleras como minifaldas. Entre tanta insolencia surgió, como suele ocurrir, un poeta. O quizás fue al revés: el poeta, que ya era tal, nació en esa ponzoña y escribió en un desesperado intento de liberarse o de, al menos, dar razones para creer que la literatura es un lugar donde guarecerse porque supura presencia en la cruda realidad, rebasándola. Y en esa lógica, el mundo, todo, puede ser un libro. El Levante es parte y todo y, termina, además, en un bucle infinito.

Mircea Cartarescu, nacido en Bucarest en 1956 es adicto al café y quizá por eso le incomodaba más de lo normal que en los últimos tiempos del régimen comunista esa droga escasease. O tal vez lo que le molestó un poco más fue la muerte de su hermano gemelo. Por esas dos razones es probable que escribiese este libro que acaba de llegar a Argentina mientras en en España está saliendo El ojo castaño de nuestro amor, una obra en la que, precisamente, un Cartarescu más personal revela claves de su propia vida que facilitan la comprensión de la telaraña que es su obra completa. Hace falta. No es un tipo sencillo, ni parco, ni tradicional. Es un posmoderno. O más aún: un posromántico.

Hay un bebé, un mantel de hule y una mujer, Cristina, que escucha música en la habitación contigua. Hace frío y no hay calefacción. A pesar de la presencia lateral de su hijo y su compañera, sólo está él, el autor, y Erika, la máquina de escribir. Esa debe ser la entrada al otro mundo que, sin embargo, nunca deja de tener un cable a tierra. El tiempo del autor transcurre entre 1987 y 1988 y sabe, por eso, que lo que escribe será nada más que un regalo íntimo para amigos. La censura jamás dejará que esas páginas vean la luz. Aún no se sabía que Nicolae y Elena Ceausescu iban a ser fusilados próximamente ni que el telón de acero iba a caer con un estruendo que, al final, según Cartarescu, no sonó tan fuerte: el poder supo acomodarse con otro traje en las mismas manos. Pero igual, él, aún sin tener esa certeza armó, cansado como estaba de la vida y de la poesía para entonces ya llevaba escritos seis libros de este género y sólo contaba con 31 años de edad un texto que surge como la declaración de un escritor que asegura que nada tiene que perder.

Un canto a Rumania y, más concretamente, a la libertad absoluta: política, sí, pero literaria también. El Levante que recibimos hoy es una alteración. Nació como un extenso poema en alejandrinos escrito, además, en rumano arcaico. Consciente de la dificultad de que semejante proeza saliera a la luz, Cartarescu lo adaptó a la prosa en su mayor parte eliminando así en gran medida el homenaje al capítulo Los bueyes del sol del Ulises de Joyce que representaba, en su traslado a la literatura rumana. Como sea, el texto sigue estructurado en 12 cantos. Esto nos llevaría a asegurar que se trata de una epopeya clásica. Pero tampoco. La trama que el autor, sentado en su mesa de hule, nos cuenta a través de Erika, su máquina, se remonta al siglo XIX y se basa, claro, en una aventura que tiene como protagonista y héroe a Manoil quien también es un humanista. Él y sus compañeros pasan por distintas hazañas a fin de liberar a Valaquia del opresor. Hasta ahí todo más o menos claro y coincidente con la realidad de la historia rumana, salvo la rareza de que el héroe sea poeta. Pero no es tan extraño, en realidad, porque el libro está plagado de anacronismos sobre los que el autor alerta, lo cual armoniza un poco esa desestabilización constante que lo caracteriza: aparece el Che Guevara, Georges Steiner, y otros más. Mircea Cartarescu linda con un territorio fantástico que bebe de los clásicos pero, al mismo tiempo apela no sólo al lector, sino al gramático y/o al crítico que lo pudiese estar leyendo. Más aún, al finalizar el relato de la trama toma café o un sucedáneo con sus propios personajes. Guiños a Unamuno, Pirandello y Borges para una obra tan ambiciosa como lírica.

Prosa y verso se alternan a lo largo de la docena de cantos que organizan este mundo cerrado, circular, al que Cartarescu nos da entrada con una trampa fascinante: no sabemos nunca cuál es la realidad, si su mantel de hule o las aventuras de Manoil, si la calefacción ausente o los mares que voltean veleros, si su mísera máquina Erika o su omnipresencia como autorDios en el centro del libro.catarescu

No hay forma exacta de discernir las fronteras de este experimento poético que puede tragarse como novela de aventuras, epopeya, folletín, o, simplemente, como un extenso poema cómico. Engaños narrativos por los que navegan unos personajes que incluyen a su creador y viceversa y que tienen como consecuencia la falta de seguridad para afirmar si lo onírico es más fuerte que lo real o no.

Hace ahora veinte años que Cartarescu confiesa no escribir poesía. Académico de la universidad de Bucarest, narrador y ensayista, ha sido propuesto varias veces para el Nobel de Literatura. Hoy, El Levante, se ha introducido en el sistema educativo rumano, donde es materia de análisis. Quizás porque, como afirmaba Mircea Eliade, lo que necesita la literatura de ese país para despegar no es otra cosa que conseguir crear mitos. Y, sin duda, Cartarescu acaricia con su originalidad esta pretensión.

** Nota publicada originalmente en RADAR Libros, de Página/12.

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