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Manuel Puig y la alabanza tardía

     Manuel Puig (Argentina, 1932-México, 1990) debió afrontar con valentía, en su carácter de escritor pero también de ser humano, varias resistencias y agravios a lo largo de su vida. Y protagonizar involuntarios escándalos y humillaciones. Algunos fueron los que le depararon la dimensión de género. Sus novelas (porque también escribió cuentos, teatro, guiones de cine y crónicas), como bien afirma Ricardo Piglia, tensan la relación entre vanguardia (o neovanguardia, más preciso sería decir) y cultura de masas. El melodrama, el folletín (incluso subtitulando sus libros en muchos casos), son formas que adopta la ficción de Manuel Puig politizando sus novelas mediante operaciones complejas pero nítidas. Por otro lado, en relación con los procedimientos narrativos, Puig se nutre de una heterogeneidad de recursos que se renuevan de novela en novela. Sus estudios tempranos sobre cine en Cinecitá, Italia, que concluyeron en fracaso vocacional, lo condujeron sin embargo por sinuosos derroteros que lo hicieron desembocar cierta noche en que se sorprendió a sí mismo en Italia evocando por escrito el monólogo de antaño de la voz de una de sus tías. Puig tenía por entonces aproximadamente 32 años. No podría decirse que había hecho su entrada en la literatura precozmente. Sin embargo, si tomamos como punto de referencia al cine en tanto que discurso ficcional (punto que sería decisivo para su poética), también los guiones plantean una cara que indudablemente los vinculan con la literatura en una doble dimensión. Puig había escrito guiones, traducido subtitulados de films, entre otras tareas en el marco de las cuales el trabajo con el arte cinematográfico y la cultura literaria se cruzaban en algunos puntos. Por el otro, los argumentos de películas cualquier tipo, pero fundamentalmente narrativos mediante diálogos y voces, constituyen también zonas de contacto entre cine y literatura. Esto es particularmente perceptible en el uso que hace Puig de la oralidad en varias de sus novelas y, naturalmente, de sus guiones y teatro. Pero las cosas no terminan allí. Porque no contento con haber escuchado las voces de películas, en una ocasión Manuel  Puig le pagó una suma de dinero a un trabajador de la construcción que estaba realizando arreglos en su casa para que le narrara algunos compases de su vida. Esta circunstancia ya nos pone frente a una génesis de escritura infrecuente que parte de materiales de la realidad empírica (como en un sentido muy distinto lo hicieran Rodolfo Walsh y Truman Capote con el testimonio en un caso de episodios políticos y en el otro de un crimen privado) acudiendo a lo testimonial. Puig mediante un grabador registraba las conversaciones con este trabajador que construía un monólogo verosímil.

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     Respecto del cine, Puig al llegar a Cinecitá se encontró con un tipo de filmografía hegemónica: la del neorrealismo. Imaginarse puede la distancia que separaba al cine de las grandes divas o los musicales con estos films que, muy por le contrario, eludían esos tópicos por considerarlos escapistas  y de clase B. El cine que cundía por entonces en Roma era el que aludía a la conflictividad social. Puig no podía sino experimentar decepción y frustración frente a ese panorama.

     El nombre de Puig está asociado en Argentina al escándalo. En tanto en el resto del mundo era aclamado y hasta había sido candidato al premio Nobel de literatura, en su país se lo repudiaba. En, efecto, en Argentina (y probablemente en otros sitios también, en menor medida) vivió su homosexualidad como un infierno porque había nacido en un pueblo de provincias, seguramente donde imperaba el machismo (tengamos en cuenta también el tiempo histórico) que no le perdonó esa condición. En tanto Puig era castigado por una fatalidad, se refugiaba en el cine de su pueblo, General Villegas, en la Provincia de Buenos Aires, asistiendo a las proyecciones de los grandes films de Hollywood. Una madre instruida, avezada, avanzada para la época, le abrió las puertas de la cultura cinematográfica contemporánea de las grandes divas. Esta impronta quedaría sellada en Puig definitivamente porque serían los íconos que organizarían mediante la figura de las vamps su novelística.

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     Muchos hicieron hincapié en la integridad de Puig, en su carácter entero y en su laboriosidad. Llevó una vida migrante, residiendo en distintas ciudades europeas, en Brasil, hasta terminar afincándose en Cuernavaca, México, donde falleció de una peritonitis aguda que culminó en un paro cardíaco. Durante su estadía en Argentina, fue amenazado por la Triple A, motivo por cual debió exiliarse y la última dictadura militar automáticamente prohibió sus libros. Puig fue best seller mundial (un fenómeno sin precedentes tratándose de alta literatura o alta cultura) y en Argentina sus valiosos aportes al sistema literario recién fueron reconocidos en todo su alcance con una avalancha tan profusa como amplia en sus enfoques de estudios críticos académicos sobre todo hacia los años 90, lo que fue aparejado de un boom editorial. Demasiado tarde. El aplauso crítico que legitimaba simultáneamente el de público llegaba cuando Puig partía. Entre sus novelas más destacadas, se cuentan La traición de Rita Hayworth (actriz a quien Puig escribió una carta pidiéndole autorización para utilizar su nombre como título para su libro), The Buenos Aires Affaire, Pubis angelical, Boquitas pintadas, El beso de la mujer araña (tan luego publicada en 1976, fecha del golpe militar en Argentina), Cae la noche tropical, y Maldición eterna a quien lea estas páginas, entre otras. Resulta curioso pero Puig logra mantenerse al margen de la gravitación trazada por la sombra todopoderosa (y también tirana) de Borges. De modo elocuente, acude a otro sistema de referencias culturales, otro sistema de citas, otra biblioteca reemplazada por una cinemateca o videoteca, otro modo de concebir la cultura literaria y la poética en estrecha relación con la industria cultural en su dimensión artística audiovisual transpuesta al código verbal desde una perspectiva completamente renovadora.

      Se ha puesto el acento en la cualidad magistral de Puig para reconstruir la oralidad en la escritura. Esta circunstancia no resulta mecánica. En primer lugar el procedimiento de Puig no consiste en la transcripción de lo que escucha a palabra escrita. Sino en, mediante un procedimiento inteligente, crear mediante  la escritura un dispositivo en el cual el código escrito reconstruya la ilusión de oralidad, lo que es muy distinto. Puig no copia. Puig elabora formas narrativas novedosas que permiten reconstruir voces verosímiles.  61hJ4mk2lNL

     Entre los críticos que lo reconocieron de modo pionero se cuentan Josefina Ludmer, hacia los años ’70 (la primera). Más tardíamente, pero con inusitado fervor, fue consagrado por Alan Pauls y, como dije, Piglia, quienes harían mucho por interrogar su poética. También José Amícola fue su traductor y realizó abordajes desde la investigación. Graciela Goldchluk, por su parte, compiló las cartas de Manuel Puig, en sendos volúmenes, Querida familia I y Querida familia II, interesantísimas no solo para recuperar y seguir el recorrido biográfico de Puig durante su estadía por fuera del país a lo largo de su derrotero por Europa y América sino también sus proyectos de escritura, el cine al que tenía acceso y el modo en que ese cine dialogaba con su ficción, sus vínculos familiares y, curiosamente, como ya insinué, los escasos libros que leía.

     La autora argentina Tununa Mercado le consagró con palabras conmovedoras al amigo en una publicación. Son las que siempre mereció.

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