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Bolaño y las ostras

Existe un documental acerca del escritor y crítico de arte John Berger llamado The art of loocking. En este documental póstumo, sobre el final, se ve a Berger dibujar en su estudio. Una caja cuadrada en un segundo piso, vidriada, con vista hacia las copas de los árboles. El viejo Berger dibuja con ceritas y luego desparrama el pigmento echándole agua encima. Dibuja una rosa. Y dice algo así: “existen ciertos objetos que portan un mensaje, aunque no seamos nosotros los destinatarios y, mucho menos, podamos entenderlos”.

En Facebook hay un grupo sobre el escritor Roberto Bolaño. Tiene cerca de tres mil miembros y se comparten cosas de las más variopintas acerca del universo bolañesco: desde citas a noticias de nuevas ediciones hasta mensajes que parecen embotellados, es decir, mensajes que vienen de otras tierras, lejanas, desconocidas. Por ejemplo, el libro de poemas de Mario Santiago Papasquiaro, el Ulises Lima de Los detectives salvajes. También están las confesiones de Jorge Herralde, editor de Anagrama:

“El boom era un paquete donde cabían escritores de gran nivel. Bolaño es un caso aislado, un francotirador que irrumpe desde Blanes y sin ningún afán de triunfo material, sino viviendo para la literatura, consigue este triunfo sin precedentes”.

Puede encontrarse también la correspondencia que mantuvo con Rodrigo Fresán acerca de Philip K. Dick, reunida en un libro llamado Dos hombres en el castillo. Toda una serie de ramificaciones o de seudópodos que van ejerciendo una fuerza expansiva e indeterminada que no es preciso determinar hasta dónde puede llegar.  Como sucedió con Pessoa, el baúl de Bolaño se presenta inagotable.

Podríamos decir que en una rayuela, Bolaño es una baldosa floja, una baldosa que al saltarle encima te hace tambalear, perder el equilibrio, o mejor: una baldosa que al pisarla descubre el espacio debajo de ella, un espacio similar a un abismo, a la orilla de un abismo, sin olvidarnos que, como enseñó Nietzsche “Cuando te asomas al interior de un abismo, también el abismo se asoma a tu interior”.

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Un amigo me sugirió, cuando le hice leer este ensayo, que incluyera algunos datos sobre Bolaño, datos biográficos, destinados a quienes no lo conozcan. Será necesario, me pregunté. Quizá pueda decir que fue un escritor chileno, nacido en 1953 en Santiago de chile, pero que vivió su infancia en Valparaíso y luego, a los quince años, se mudó con su madre a México, en 1968, año de la revuelta estudiantil que desembocó en la invasión del ejército a la Ciudad Universitaria (Bolaño publicará en 1999 una novela acerca de estos acontecimientos llamada Amuleto) A los dieciséis años abandonó la escuela secundaria y jamás la terminó. En 1998 su novela Los detectives salvajes ganó el premio Herralde y el Rómulo Gallegos un año después. Al momento de su muerte, provocada por un cáncer hepático en el año 2003, tenía treintaisiete contratos de publicación en diez países.

Vuelvo al grupo de Facebook. Entre tanto material que puede encontrarse apareció uno que me llamó la atención. Un libro (un mensaje diría Berger). Se llama El hijo de míster playa, editado en Chile por Alquimia Ediciones. En la portada pueden verse dos imágenes superpuestas: de fondo el rostro de Bolaño, joven, risueño y sonriente, y más adelante las figuras de dos boxeadores en ejercicio, uno dando un golpe de cross a la mandíbula y el otro protegiéndose. En la edición argentina, de treintayseis, una foto de Bolaño en la portada, entre el follaje de un jardín. Plantas verdes salpicadas de lunares blancos y el rostro del escritor, mirando hacia determinada altura. Un rostro melancólico y pensativo, casi resignado.

Escrito por Mónica Maristain, aquella mujer que le hizo la última entrevista a Bolaño:

“¿Por qué no hacemos una entrevista, ligera, levísima, frívola incluso -son las que más me gustan-, casi póstuma?”

Y entonces el libro se va abriendo como una ostra. Que al igual que una perla en proceso de formación, un cuerpo extraño ingresa en nuestro metabolismo y lo vamos recubriendo con el material del que estamos hechos, con el combustible con el cual funcionamos y del cual dependemos.

Podríamos decir que el libro intenta ser una retrospectiva biográfica, con una consistencia dura en lo relativo a documentos históricos de la vida de Bolaño, pero sin descuidar ni por un instante la presencia del escritor y de la escritura y de la poesía en sus construcciones. Maristain, a través de las entrevistas que nos entrega, construye una imagen de Bolaño que muestra sus claroscuros, sus demonios, sus ansias de enfrentamiento, “su costado más gamberro”, “o estás conmigo o estás contra mí”.

De algunas entrevistas se desprenden fragmentos memorables, potentes y que pintan a un personaje haciéndose a sí mismo, a un escritor jugado a todo por su literatura, convirtiendo en mítica su adolescencia en el México de los setenta, actuando en carne propia la ética del infrarealismo, que antes que un estilo literario fue más bien una posición a sostener: la de ser contestatario, irreverente, sin ánimos de hacer recircular el poder sino de, como creía Daenerys de la tormenta, “romper la rueda que hace girar al mundo”. Ahora bien, cuando uno entra en ese mundo, todo se bolañiza: no hay un aspecto de la realidad que no sea tocada por esa manera de contaminar el mundo inmediato que lo rodea. Y como con todo virus es también necesario un antídoto, algo que interrumpa la fascinación. Sin embargo, me pregunto: ¿cómo es posible sacarse de encima a este autor, a Bolaño, a quien, cuando lo lees, pareciera que enchufa el deseo por la lectura y la escritura?

Como creía Bioy Casares, “un buen escritor es aquel que compele a sus lectores a escribir”.

Bolaño no es un escritor que enseñe nada, salvo el intenso fuego que provoca la literatura, cuando se la asume como actividad vital y como un modo de vincularse con lo extraño, con el horror. Es, también, una ética imposible, porque como dijo en la famosa entrevista “La belleza de pensar”: A nadie le gusta ver sufrir a un ser querido.

Para ilustrar esta idea valga la cita del escritor chileno Jorge Morales:

“Hay dos maneras de acercarse a la literatura, una es peligrosa y la otra no. La que no es peligrosa es haciéndolo a la manera que sale, sin convertirlo en el eje central de tu vida cotidiana. La otra es todo lo contrario y consiste en convertir toda la circunstancia de tu vida en un momento propicio para escribir tranquilamente, o intranquilamente, esto tanto da”.

Una de las cosas que más me gustó del libro es el modo en que supura la idea de que la literatura de Bolaño, al mitificar sus años de juventud, los cambió, así como también cambió la vida de sus amigos y conocidos. Cambió la vida de éstos al punto de que muchos, luego del éxito que representó Los detectives salvajes, experimentaron reconocimiento de parte de quienes, durante los años de juventud, solo habían recibido rechazo.

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“México es un país donde no hubo vanguardia literaria, al menos crecí con esa convicción. De pronto llega este hombre, del país de la vanguardia literaria por antonomasia, como es Chile, y escribe Los detectives salvajes para decir que en México sí había vanguardia. Eso que hace Bolaño modifica la lectura de la poesía nacional”.

Alguien arroja la hipótesis de que Bolaño jamás regresó a México porque si lo hacía su México literario iba a dejar de existir. Parece que quiso dejar las cosas así, tal como las recordaba, tal como pudo escribirlas.

Bolaño se hace personaje literario, por eso su vida a menudo se confunde con sus libros. Sobran las anécdotas donde le dice a alguno de sus amigos que lo acaba de incluir en alguna novela o en cierto cuento. La operación no deja de ser extraña, amén de reconocer el artilugio. Lo extraño radica en ese artificio que sin embargo tiene incidencia sobre la vida concreta.

En cierta escena de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos, el médico creador del procedimiento para eliminar los recuerdos, le pregunta a Jim Carrey:

¿Qué es el individuo? ¿La suma de sus experiencias, de los recuerdos de esas experiencias o de la historia que tejió a partir de esas experiencias? Si es esto último, ¿cambiar esa historia que nos contamos es cambiarnos a nosotros mismos?

Bolaño, a partir de ese tejido, armó un mundo. Y por allí nos lleva, por donde transitan los perros románticos, un camino que solo recorren los desesperados, los pobres y los enfermos, que son, como sabemos, el ejército más grande del mundo.

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