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Volver a Maus

¿Por qué Maus hoy? ¿Por qué escribir esta nota, sobre una novela gráfica que se publicó hace veinte años? Porque leer Maus hoy, es decir, el propio acto de su lectura es ya en sí un desafío y una toma de distancia crítica en torno a la violencia simbólica que se ejerce en la sociedad actual. Y porque nos remite a la idea de RELATO como posibilidad de recabar en la memoria de los protagonistas de la Historia y desde allí y solo desde esa fuente primaria, contar. Casi un relato íntimo de la Historia contada con mayúscula; en definitiva una biografía, que al ser “extirpada” paso a paso por su hijo Art, se convierte en testimonio autobiográfico de la relación entre padre e hijo luego de la Guerra.

Está estructurada en un vaivén entre el presente y el pasado: la novela gráfica narra la propia entrevista que en los años ´70 le hace Art a su padre Vladek, en el barrio de Rego Park, en Nueva York. Ese presente de la escritura se mezcla con flashbacks hacia los años 1930 y 1940 en Polonia: se narra la historia de Vladek y Anja, su primera esposa, que se suicida tiempo después de terminada la Guerra. Se cuenta la historia de Vladek y de su familia. Se narran los sucesos en el campo de concentración cuando los nazis logran capturarlos. Se transita, entonces, en los límites del relato y de la memoria. Y entonces, una nueva pregunta: ¿por qué para narrar la violencia, real y simbólica, es más fructífero apelar a la historia mínima, subjetiva, anecdótica, que parte de los recuerdos de quienes allí estuvieron? Porque el relato íntimo empodera al relato histórico tradicional y le susurra: YO lo viví, yo puedo contar el revés de la trama, las miserias más sutiles. Y es esto justamente lo que ocurre en Maus.

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Los trazos y el dibujo

El trazo de Maus es claramente expresionista. Recuerda la crudeza de artistas de la talla de Otto Dix y Erich Heckel. La relación entre Maus y el expresionismo alemán se cristaliza a partir de la noción de GUERRA. Heckel, Dix, Macke y varios de los pintores que encabezan este movimiento han tenido la experiencia de la Primera Guerra Mundial. Ésta ha marcado, indudablemente, los temas elegidos, los colores y las formas. Afirma Dietmar Elger en su obra Expresionismo: “El advenimiento de la Primera Guerra Mundial se convirtió para el movimiento expresionista en una experiencia crucial. A la guerra le adjudicaron una fuerza catártica que destruiría el orden anterior. En calidad de soldados buscaron en el campo de batalla el gran espíritu de solidaridad de una juventud que superaría las tradicionales barreras de clase. Max Beckman, Kirchner, Heckel, Macke, Marc, Kokoschka, Dix y muchos otros se enrolaron como voluntarios, con la implícita esperanza de encontrar impresiones nuevas y frescas para su pintura”. Beckman, uno de los artistas-soldados, escribe en su diario de guerra: “Caminé por entre las tropas de soldados heridos y agotados que volvían del campo de batalla y oí esa música única, lúgubre y grandiosa. Querría poder pintar ese ruido.”. Fue así como la pintura de estos artistas post experiencia bélica se convirtió en fuerte acusación contra el militarismo y el civismo patriótico; y en otros casos, en trazos de horror que reflejaban la abyección vivida en las trincheras y el derrumbamiento psíquico de los soldados, o bien la fatal caída en combate. Maus sostiene, en el trazo, este espíritu combativo y trae en cada viñeta, en cada ilustración, este “ruido” terrible que Beckman menciona y que toda guerra produce. Maus logra, desde lo puramente visual pictórico, convertirse en un reservorio de representaciones de la violencia simbólica, esta vez, anclada en el Holocausto.

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Dentro del ámbito de la historieta argentina actual se destaca en esta línea de cruce de lo estético con lo histórico-social e incluso la denuncia, la obra de Juan Paz, particularmente Disculpen la molestia, editada en Buenos Aires en 2019 por la editorial Maten al Mensajero. En el prólogo, Werner Pertot explica que las viñetas de Paz son “postales” de la era macrista: reflejo de las medidas económicas de reducción del empleo, de la precarización, de la caída de la capacidad adquisitiva, de la transferencia de recursos a los sectores más ricos de la población. También del súbito empoderamiento de las fuerzas de seguridad, con el renovado “gatillo fácil”. Dice Pertot: “Los dibujos de Juan Paz nos devuelven esa realidad como un cross en la mandíbula, parafraseando a Arlt en su prólogo a Los lanzallamas. Nos obligan a mirarnos al espejo, a ver si no tenemos, nosotros también, la marca de la gorra en la frente. Algunos le llaman a esto una “mirada de clase”. Es cierto: Paz viene de orígenes populares. Pero lo que hay -creo yo- es “ponerse en el lugar del otro”. Uno de los dibujos de Paz muestra a una persona en situación de calle, viendo la gente pasar. La gente no lo mira, y él está dibujando. Es casi un autorretrato. Concluye Pertot: “En los dibujos de Paz vemos por otros ojos”.

Lo real

¿Cómo aprehender lo real? ¿Cómo opera el arte con la materia de la Historia, de lo social, de lo político? Es una pregunta tan amplia como lo son las diversas manifestaciones artísticas. Pero haremos en este caso una pequeña defensa del género “historieta” como catalizador de lo real. Tal como afirma Mijail Bajtín, los géneros discursivos son “cadenas de transmisión de lo histórico social”. La historieta, tal como la traemos hoy en estos dos ejemplos, cumple con creces esa función. Es más: actualiza al lector permanentemente. Además, como género, se potencia: se trata de un signo de doble cariz. Por un lado, cuenta con la fuerza de lo visual, del trazo, de la mano literal del artista sobre el papel. Por otro lado, lo visual se potencia con el lenguaje, la palabra. Tal vez como en el cine, la historieta es un género eficaz para plasmar ese REAL que creemos alcanzar, tantas veces, a través del arte.

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