Elloboestepario

El lobo estepario, de Hermann Hesse

…Mis secretos obstáculos, mi miedo inconfesado al baile de máscaras, no se habían aminorado con el cine y sus estímulos, sino que habían crecido de un modo desagradable, y yo, pensando en Armanda, hube de hacer un esfuerzo para que, por último, me llevara un coche a los salones del Globo y entrar. Se había hecho tarde y el baile estaba en marcha hacía tiempo. Tímido y perplejo, me vi envuelto al punto, antes de quitarme el abrigo, en un violento torbellino de máscaras, fui empujado sin miramientos; muchachas me invitaban a visitar los cuartos del champaña, clowns me daban golpes en la espalda y me llamaban de tú. No les hacía caso, a empujones me abrí camino trabajosamente por los locales sobrellenos hasta llegar al guardarropa, y cuando me dieron el número lo guardé con gran cuidado en el bolsillo, pensando que acaso ya pronto lo necesitase otra vez, cuando estuviera harto del bullicio.

En todas las estancias del gran edificio había fiebre de fiesta, en todos los salones se bailaba, hasta en el sótano, todos los pasillos y escaleras estaban abarrotados de máscaras, de baile, de música, de carcajadas y barullo. Apretujado me fui deslizando por entre la multitud, desde la orquesta de negros hasta la murga de aldea, desde el radiante gran salón principal, por los pasillos y escaleras, por los bares, hasta los buffets y los cuartos del champaña. En la mayor parte de las paredes pendían las fieras y alegres pinturas de los artistas modernísimos. Todo el mundo estaba allí, artistas, periodistas, profesores, hombres de negocios, además, naturalmente, toda la gente de viso de la ciudad. Formando en una de las orquestas estaba sentado míster Pablo, soplando con entusiasmo en su tubo arqueado; cuando me conoció, me lanzó con estrépito su saludo musical. Empujado por el gentío, fui pasando por diversos aposentos, subí y bajé escaleras; un pasillo en el sótano había sido dispuesto por los artistas como infierno, y una murga de demonios armaba allí una frenética algarabía. Luego empecé a buscar con la vista a Armanda y a María, traté de encontrarlas, me esforcé varias veces por penetrar en el salón principal, pero me perdía siempre o me hallaba de cara con la corriente de la multitud. Hacia media noche aún no había encontrado a nadie; aun cuando todavía no me había decidido a bailar, ya tenía calor y me sentía mareado, me tiré en la silla más cercana, entre gente extraña toda, me hice servir vino y encontré que el asistir a estas fiestas bulliciosas no era cosa para un hombre viejo como yo.

Resignado bebí mi vaso de vino, miré absorto los brazos y las espaldas desnudas de las mujeres, vi pasar flotando innúmeras máscaras grotescas, me dejé dar empellones y sin decir una palabra hice seguir su camino a un par de muchachas que querían sentarse sobre mis rodillas o bailar conmigo. «Viejo oso gruñón», gritó una, y tenía razón. Decidí infundirme algo de valor y de humor bebiendo, pero tampoco el vino me hacía bien, apenas pude apurar el segundo vaso. Y poco a poco fui sintiendo cómo el lobo estepario estaba detrás de mi y me sacaba la lengua. No se podía hacer nada conmigo, yo estaba allí en falso lugar. Había ido con la mejor intención, pero no podía animarme, y la alegría bulliciosa y zumbante, las risotadas y todo el frenesí en torno mío se me antojaba necio y forzado…

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