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La trilogía del desprecio de Jayro Bustamante

Yo: indio, hueco y comunista.

Ciertas palabras, aunque poseen la capacidad de viajar a la velocidad de la luz, sumergen a su destinatario en la oscuridad. Los insultos, sonidos que incluso pronunciados en susurros siempre resuenan potentes con ecos de crueldad, son dardos envenenados de la ignorancia de su emisor, cargados con la potencia del odio y expulsados en la certeza de que no se convertirán en bumerán. La ofensa nace con la esperanza del silencio por respuesta, nunca con ánimo de diálogo. Por otro lado, algunas imágenes tímidas y obscuras explotan en la retina del público e iluminan la sensibilidad del espectador.

Uniendo arraigados insultos e imágenes inspiradas, Jayro Bustamante ha concebido en sólo un lustro una deslumbrante trilogía cinematográfica. A través de los tres agravios más populares, orgullosamente utilizados en su país (‘indio’, en relación con las comunidades indígenas, ‘hueco’, empleado para los homosexuales, y ‘comunista’, para los defensores de derechos y libertades de la Humanidad), el cineasta guatemalteco deslumbra desde 2014 a crítica y público con ‘Ixcanul’, ‘Temblores’ y ‘La llorona’.

El rostro de la María en ‘Ixcanul’, joven maya cakchiquel, inaugura con un primer plano esta odisea humana inolvidable. Una menor de edad que sueña con salir del cafetal, donde trabaja con sus padres bajo un funcionamiento aún feudal, y librarse del matrimonio que su familia ha logrado concertar. Su utopía es integrar la modernidad de los tiempos y abandonar su cabaña en las faldas del volcán, que da título a la película. Pero como si la milenaria tradición maya se perpetuase en el tiempo, hoy la ciudad es el altar de una afamada diosa, que se alimenta del sacrificio de sus jóvenes más bellas, y devorará hasta el más íntimo fruto de sus entrañas.

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La modernidad conquista la segunda entrega de esta trilogía, con temas, protagonistas y situaciones independientes. El magnífico todoterreno de Pablo atraviesa la ciudad. La vuelta a la mansión familiar promete ser agitada porque se ha desvelado su relación íntima con Pedro. El reencuentro sentimental con sus suegros y esposa precede al temblor geológico que se producirá en Guatemala.

Como afirmaba el artista y militante chileno Pedro Lemebel, solo pueden salir del armario las personas con recursos. Los pobres no disponen de clóset, a lo máximo alguna que otra estantería. El de Pablo es amplio, profundo y de la mejor calidad, pero su familia se encargará de que no quede ni un hueco en su interior. Acabarán con el problema, gracias a una espeluznante terapia de reorientación o conversión sexual de una congregación evangelista (en realidad, cuarto poder real de un país con el 98% de creyentes entre su población).

Con total acierto Jayro Bustamante cierra su entrega final con un cambio de género. El cineasta deja a un lado el drama social y se adentra en el terror con ‘La llorona’. Mítica figura del folclore oral hispanoamericano, de origen prehispánico, del alma en pena de una mujer que ahogó a sus hijos. Una madre arrepentida que los busca con desesperación todas las noches de su interminable errar en la tierra, mientras que su incansable llanto, como una sucesión de sonidos que asemejan a una oración que nunca será escuchada por ningún dios, angustia a quienes la oyen y espanta a los que la ven.

Cuando el general Enrique, máximo responsable del genocidio guatemalteco de la década de los 80 (asesinato masivo de la población indígena que acabo, según los especialistas, con la vida de unas 150.000 personas), es absuelto de su juicio, el espíritu de venganza de La Llorona se desata. Por las noches decide visitarle, pero su familia achaca las visiones del general a su edad o su salud.

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Jayro Bustamante clausura con brillantez su trilogía, de nuevo, con un rostro en primer plano. En esta ocasión, el de la esposa del general rezando una plegaria por la absolución de su esposo. En la certeza de que, quizá, no sea escuchada en el cielo por su Dios, pero será acatada en la tierra por sus sólidas relaciones con los poderes terrenales. Esta invocación tiene que librarla de esos comunistas que han destruido su tranquilidad y embarrado su reputación.

Tres impresionantes películas con cuestiones como la situación social de las comunidades indígenas, los derechos del colectivo de diversidad sexual, la presencia de las corrientes evangelistas en Latinoamérica o el juicio sobre el genocidio maya en Guatemala. Tanto temática como estilísticamente impecables, Jayro Bustamante ha establecido sutiles puentes entre las diferentes historias y empleado a varios de sus intérpretes en las tres producciones. Su dispositivo consigue que el espectador disfrute de cada una de ellas, pero logra aún más en una visión conjunta. La admiración del público se transforma en un auténtico estado hipnótico, cuando comienza a relacionar tramas y personajes.

La trilogía del desprecio, como podrían denominarse este conjunto cinematográfico, afronta los principales problemas de toda nuestra sociedad. Desde hace unas décadas, toda la humanidad se enfrenta a una de las mayores crisis de valores de su historia, frente a un radical cambio de paradigma, del que nadie es capaz de adivinar su color. Jayro Bustamante entra de lleno, sin protección alguna, en tres de los problemas más explosivos de nuestra ardiente actualidad.

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La comunidad indígena representada en ‘Ixcanul’ es mucho más que un reducido grupo de individuos perdidos en la falda de un aislado volcán. La película reivindica la defensa de las minorías, aplastadas, reducidas y limitadas por la tendencia universal hacia la uniformidad generalizada. Esta medida no solo afecta a grupos humanos, se extiende sin parapeto de contención a cualquier ámbito. Incluso, se podría ampliar a la ecología y al medio ambiente.

Reducir ‘Temblores’ a una simple salida del clóset sería simplificar el discurso del film. El cineasta defiende la aceptación de la diversidad. En un universo en que la otredad es síntoma de peligro, el reconocimiento y respeto de la diferencia podría pacificar y serenar una sociedad en permanente estado ansioso. La diferencia puede ser sexual pero también de otro tipo: ideológico, religioso o económico. Cuando la condición de homosexual, musulmán o emigrante deje de ser un obstáculo o un freno para la convivencia, el hombre habrá dado un verdadero paso en su evolución.

Y por fin, ‘La llorona’ no se limita a abordar un genocidio, aboga por un ejercicio continuo de memoria histórica que nos permite comprender nuestros errores pasados y, sobre todo, intentar no repetirlos en el futuro.

Una trilogía como las escamas de un pez plateado, deslumbrantes al sol, lisas y aterciopeladas al tacto, pero que cortan si se acarician en sentido contrario.

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