Enrique Vila-Matas

Enrique Vila-Matas: “Se escribe para corregir la vida”

  Enrique Vila-Matas (Primera parte)
Por Violeta Serrano

Faltan pocas horas para que el cielo de Buenos Aires se parta en dos pero eso, nosotros, aún no lo sabemos. Enrique Vila-Matas nos cuenta, para empezar, cómo, cuando era joven, Michi Panero le encerró en casa de sus padres una noche para controlarle, para que no saliera, para que pudiese asustar a los paseantes con un golpe en la ventana desde la oscuridad de su refugio. Más allá del susto y de la risa, hablamos sobre las diferencias entre los circuitos culturales de Latinoamérica y España. Las razones por las que escribió Kassel no invita a la lógica se desmigajan aquí y, después, a medio camino de charla, el autor se da cuenta de que de esta entrevista puede que salga su próxima novela y que, tal vez, tenga su escenario en Edimburgo.

Enrique Vila-Matas

Michi Panero me encerró en la casa, con una llave enorme que tenía, para que no saliera por la noche. Fue un poco absurdo. Me dijo: “se acabó. Ahora no sales”. Y me encerró.

¿En la casa de los Panero, la que está cerca de la catedral de Astorga?

Sí, sí, la casa de sus padres. Está abandonada, supongo.

No, ahora la han rehabilitado. Durante toda mi infancia aquello fueron ruinas, pero ahora se vuelve a usar.

Pues nada, yo dormí una noche allí. Era una casa tremenda. En realidad pasé la noche en vela, mirando a la gente que pasaba por la calle. Yo golpeaba el cristal y ellos se asustaban, pensando que yo era un fantasma. Y estuve comiendo luego en un sitio que se llamaba La Peseta.

Ah, sí, La Peseta sigue.

Y luego hicimos algo que me impresionó mucho. Fuimos a ver al obispo. Yo no había visto en mi vida a un obispo, ¡en la vida se me hubiera ocurrido ni siquiera hablarle a un obispo! Y Michi me llevó a verlo y le dijo barbaridades: “¡Ay, cabroncete!”, le decía Michi. Y yo estaba alucinado, claro.

En Kassel no invita a la lógica eres muy crítico con la situación de crisis en Europa, sobre todo en el caso de España: no sólo a nivel económico sino, fundamentalmente, cultural. ¿Crees que en Latinoamérica hay una mayor apertura hacia lo nuevo y lo desconocido?

Esto siempre ha pasado en América Latina respecto a España. En España parece que todos están de vuelta, que no les interesa nada, que todo el mundo es escéptico. Sin embargo aquí hay entusiasmo, hay interés por las cosas.

Enrique Vila-Matas

¿Y por qué no te vas?

Ahora lo que pasa es que me he trasladado de casa, entonces estoy contento. Como trabajo en la casa y el barrio me gusta, estoy bien. Así que en principio es un poco absurdo irme pero sí me gustaría si, de repente, me dan una casa en París, irme a vivir allí, para olvidarme un poco del coñazo que hay en España en general.

O sea, no crees que sea un coñazo a nivel europeo, sino básicamente España.

No, en realidad creo que, tal y como está todo ahora, es global. Pero bueno, si me gusta un sitio, es Nueva York. Me gusta mucho, sí. Pero ahí sí que es muy complicado instalarse y además no sé si estaría contento después: la primera semana me fascina, después ya empiezo a encontrar los defectos. Pero bueno, sí, Nueva York me gustaría mucho, y París, por otro lado, sería muy sencillo. Pero al final, tal y como van las cosas, me quedaré en Barcelona, porque ¿sabes qué pasa? Que también viajo, es decir, por el trabajo a veces me invitan a lugares a los que puedo ir fácilmente desde allí.

(Enrique Vila-Matas le pide a la fotógrafa que le saque con la ventana de fondo, de frente, a poder ser, porque no le gusta salir de perfil hablando).

Me gustan mucho los cafés de Buenos Aires. Las mesas al lado de la ventana, como ésta.

Es una costumbre muy arraigada acá, lo de pasarse horas en los cafés, y los sitios más codiciados son los de las ventanas, claro.

Sí, a mí me encanta. Es muy buena idea lo de los cafés. Mira, ahora va a venir un amigo de Chile, Rodrigo Pinto, y vamos a dar una vuelta por los cafés y las librerías de por aquí.

Volviendo a la última novela, he observado algo que podría ser una paradoja. Dices que Europa está muerta y, sin embargo, sitúas el núcleo de la alegría en el centro mismo de ella: en Alemania. ¿Por qué?

Bueno, es que desearía que fuera así, que Europa saliera adelante, porque es la cultura a la que pertenezco. Lo que pasa es que es una Europa muy errante y poco acogedora, pero desearía que así fuese. En cuanto a situar el libro en el centro de Alemania, bueno, es que fue ahí donde me dirigieron, y una vez allí fue cuando me di cuenta de que estaba en el centro mismo de Alemania y de Europa, y de que, además,  entonces –fue hace dos años-, las noticias en España siempre informaban sobre lo que pasaba en Alemania, porque dependíamos totalmente de Merkel.

Entonces estaba en el sitio exacto en plena crisis y deseaba huir simplemente del contagio que se había producido, de ese espíritu de ánimo deprimido, que era comprensible pero del que yo ya estaba harto, por lo mismo que hemos hablado hace un momento; aquí, en América Latina, hay entusiasmo: por las cosas del arte, por la escritura hay verdadero interés. Sin embargo, en Europa y, sobre todo en España, la gente cree estar de vuelta de todo, el arte contemporáneo no interesa porque hay un prejuicio siempre ridículo, porque no hay por qué tener un prejuicio general sobre algo. Yo, en general, entendía en ese momento que la crisis había sido una coartada perfecta para todos aquellos que no querían hacer nada, y de ahí salió un poco el libro también, en medio de ese clima tan perfecto para el intelectual español que no tiene curiosidad por la literatura latinoamericana ni por la Documenta de Kassel. Son como eso que decían, ¿cómo era? Sí: “El castellano desprecia cuanto ignora”. Actúan de esta manera. Desprecian todo porque no saben de qué va ni les interesa. Por ejemplo, yo me acuerdo de una delegación literaria española, que fue a Guadalajara (México), con Trapiello a la cabeza, ¡y no salían del hotel! No se movían de allí. ¡Habían convertido el hotel en el Café Gijón!

(Reímos.)

A mí me asombraba bastante porque, realmente, yo había viajado mucho a México en los últimos cinco años y yo conocía Guadalajara y claro, yo no comprendía la falta de interés absoluto por el lugar donde estaban.

Enrique Vila-Matas

En cuanto a sistemas literarios –críticos, etc.-, está claro que el español no te interesa mucho. América Latina, sí. Pero, en Europa, ¿hay alguno que te interese más que otro?

Bueno, en todas partes siempre hay gente que me interesa. No va por países sino por personas. Igual que en América Latina hay escritores argentinos muy buenos, pero también los hay en Venezuela y tal vez son menos conocidos, en fin, depende de cada persona, como digo. Donde me muevo mejor es en el ambiente francés porque conozco más a los que escriben, a los críticos y a los escritores, a todos. Casi tanto o más que a los españoles. Pero también me interesa, por ejemplo, el sistema inglés. He publicado cuatro libros en Inglaterra y EEUU en los últimos cuatro años y he empezado a moverme y a conocer ese sistema y me interesa mucho también su punto de vista.

Háblanos un poco de l’esprit de l’escalier.

Bueno, eso es algo que ha pasado siempre. Cuando te pasa por delante una situación y luego te das cuenta de cómo podrías haberla cambiado, cómo hubiera podido ser de otra manera. Por eso todo el mundo comprende de qué  hablo. Yo no sabía que tenía este nombre, pero los franceses denominaron así a esta idea de, “¿por qué no habré contestado aquello en tal momento?”, la réplica, simplemente, la réplica. Yo creo que se escribe porque así tienes el tiempo suficiente para corregir la vida.

¿Tendrá algo que ver con el famoso “adiós a la francesa”? Eso de que te dicen tal cosa, tú le vas a contestar, pero ellos ya se han ido, y tú te quedas ahí, jodido, pensando en lo que le ibas a decir como repuesta, en la réplica, claro.

Sí, pero es que los franceses consideran que no hace falta decir adiós, que si te vas, te vas. Yo, por ejemplo, antes, por la noche, no me despedía nunca de nadie, me iba y ya está. Es que en un punto también es ridículo ¿no? Adiós, adiós, bona nit, bona nit. Bueno, los franceses consideran que es algo que sobra: si te vas, te vas. Es como cuando te despides de alguien, le acompañas a su casa, baja de tu coche, y cuando va a entrar en el portal, no sabes si se girará para despedirse otra vez o no. Yo personalmente creo que lo más digno es no despedirse más. Esto ya lo dijo Conrad. Cuenta que, en un viaje a la Polinesia, tenía ya preparada la barca para marcharse y los indígenas habían ido hasta allí para despedirse de ellos, de los que se iban. Pero justo llegó una tormenta, y éstos no podían salir con el barco. Entonces los indígenas se refugiaron en la selva y desde ahí los miraban porque, como ya se habían despedido, no querían volverse a despedir. Así que durante dos días estuvieron allí agazapados, pero no había manera de que se volvieran a despedir porque ya lo habían hecho. Es que esto también pasa mucho: hay personas que se despiden hasta cinco veces. 

¿Cómo llevas eso de ser conocido, al menos dentro del mundo literario?  Ahora cuando escribes algo, todo el mundo sabe que estás hablando de ti y eso dificulta las cosas, imagino.

Sí, es más difícil ahora. Antes escribía hasta seis artículos semanales, cuando no había crisis y había furor en los periódicos y yo colaboraba en muchos sitios. Como no era conocido, no me preocupaba demasiado: mandaba artículos y artículos. En el momento que sé que ya soy conocido es diferente, porque sé que me van a mirar con lupa, que el mínimo fallo que tenga van a registrarlo para poder decir que lo he hecho mal, etcétera. Por lo tanto, ahora tengo que mirarlo todo más: tardo mucho más para todo. Una cosa clave es que cuando no te conocen, cuando no has escrito libros, puedes arriesgarte sin problema: si el libro fracasa, no pasa nada: tú te has arriesgado y eso es muy bueno desde el punto de vista creativo. Sin embargo, cuando ya tienes un nombre, escribes un libro, arriesgas porque te interesa tener el mismo espíritu joven a la hora de escribir, y fracasas porque has probado algo nuevo que no es concretamente lo que debía ser, pues ya están ahí todos los cuervos esperando para decirte que estás en horas bajas. En realidad casi no me dejan hacer lo que quiero hacer, que es arriesgar, probar, y hacer como hacía cuando empezaba a escribir. Bah, lo hago igual. Pero es un problema porque hoy en día vivimos con el presente; o sea, a un futbolista como Messi, por ejemplo, lo juzgan por el Mundial, no le juzgan por los seis años que lleva jugando sino que el último partido es el que marca lo que es Messi.

Pasa en todos los ámbitos.

Sí, porque va desapareciendo la memoria. El último artículo que yo escriba, por ejemplo, si lo hago mal, puede ser que destruya un libro perfecto. No es que a Kassel no invita a la lógica lo considere perfecto, sino deliciosamente imperfecto, pero me refiero a que es un libro en el que he trabajado dos años, y que, sin embargo, lo pueden destruir.

Qué presión trabajar así.

Bueno, hay que saber que no importa, también. Hay que hacer lo mejor que puedes hacer siempre. No puedes hacer caso a lo que te dicen personas diferentes sobre el mismo libro, porque todas te dirán cosas distintas que te despistarán muchísimo. Es mejor guiarse por el criterio propio siempre.

Enrique Vila-Matas

O sea que no das tus libros a leer a nadie antes de publicarlos.

En los últimos tiempos, no. Porque he publicado libros sobre los que luego me han dicho cosas de todo tipo y si hubiera escuchado a todos antes, hubiera querido cambiar muchas cosas y tal vez me hubiese equivocado. Hay personas muy inteligentes que se equivocan al aconsejarte. Te vuelves un poco loco si haces caso.

¿Alguna vez has corregido de menos para presentar un libro que pueda incluirse dentro de lo que las editoriales llaman “novela” y que venden mucho mejor?

No. Por ejemplo, en el caso concreto de Kassel no invita a la lógica yo ya sé que tengo el material después del viaje que da para páginas suficientes para que sea un libro. Tampoco yo lo presenté como novela. Las editoriales están obsesionadas con “la novela”. Dentro del libro yo digo que es un reportaje novelado, cosa que no considero, sino que es un trampa que pongo. Porque ya me han preguntado “¿es un reportaje novelado? No.” (Reímos.)

Si hay que clasificarlo, diría semi-ficción, que es como los americanos catalogan a los que mezclan realidad y ficción. Pero bueno, yo adoro los libros que no sabes nunca qué son. Por ejemplo, El jabón, un libro de un francés, Francis Ponge. Es una maravilla porque se desliza en tus manos y trata precisamente sobre esa zona de la escritura en la que nada es rígido. Es un libro inclasificable, como los que me gustan a mí.

Con la cuestión de la novela hay una obsesión en todos los países, en todos. Hay personas que no escriben novelas a las que se les advierte que si lo hicieran, les iría mejor. Y sin embargo han escrito libros que son muy interesantes, pero se sienten acomplejados, pensando que no escriben novelas. En cambio hay personas que escriben novelas que son malísimas, y que podrían escribir mejor si hicieran otras cosas. Es por la manía de venderle al público la novela como si no entendiera otra palabra a la hora de comprar. Desde el punto de vista comercial, si tú vas a comprar una botella de vino y le cambian el nombre, y te dicen que no es una botella de vino, sino que es una bouteille de vin, pues la gente no lo compra. Debe ser por esto, ¿no? (Reímos.)

Llevas mucho tiempo escribiendo artículos periodísticos pero, ¿cómo te sienta eso de tener que adaptarte a un número concreto de caracteres?

Estoy encantado con las 630 palabras que tengo en el artículo que hago los martes en El País, porque he llegado a controlar el aspecto de miniatura de estos artículos. Ahora, si me lo cambiaran, me harían un mal favor porque he conseguido controlar el género. Meter en una cosa muy pequeña todo calculadísimo. Están  muy trabajados los que hago actualmente. Es muy fácil escribir un artículo de folio y medio pero, siempre que tengo tiempo, los miniaturizo mucho, consigo a veces meter un libro entero ahí. Ahora por ejemplo, el artículo que aún no ha aparecido pero que ya he entregado y que es sobre Edimburgo, he metido todo el espíritu de la historia de Edimburgo en dos personajes. Es una pequeña miniatura que se podría convertir en una novela hablando sólo de estas dos personas: uno es Brodie, que es el hombre que inspiró Doctor Jekyll y Mr Hyde, que es un personaje real; y el otro es un doctor que se llama Simpson y que descubrió el cloroformo. Entre estos dos personajes he visto sintetizada la vida de Edimburgo. Por un lado, el del cloroformo sería el que ama la tierra, el terruño, el que te conduce al sopor (risas), y el otro sería al que le gusta, como mínimo, la doble vida. Pues en este artículo he reunido lo que sería una novela llamada Edimburgo basada en estos dos personajes.

¿Puede que de ese artículo salga tu próxima novela?

Si la hago será por esta entrevista.

(Reímos.)

¿En serio?

¡Sí! Porque ahora cuando te lo contaba la veía muy clara. Porque a partir de esto puedo meter todo lo que me dé la gana encima, con el hilo este de los dos personajes muy divertidos. ¡Sobre todo el del cloroformo! Porque ese lo descubrí casualmente. Iba yo caminando por Edimburgo y de repente me encuentro frente a una casa en la que había una placa en la que ponía “Aquí vivió el inventor del cloroformo”. Claro, ¡yo no me lo podía ni creer! (Risas.)

Enrique Vila-Matas

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