J. D. Salinger por Patricia Gutiérrez

J. D. Salinger : ‘Un día perfecto para el pez banana’

ILUSTRACIÓN: ‘Un día perfecto para el pez banana’, de J.D. Salinger. Por Patricia Gutiérrez.

 

-¿Nunca usas gorra de baño ni nada de eso? -preguntó.

-No me sueltes -dijo Sybil-. Sujétame, ¿quieres?

-Señorita Carpenter. Por favor.Yo sé lo que estoy haciendo -dijo el joven-. Sólo ocúpate de ver si aparece un pez banana. Hoy es un día perfecto para peces banana.

-No veo ninguno -dijo Sybil.

-Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.

Siguió empujando el flotador. El agua no le alcanzaba al pecho.

-Llevan una vida muy triste -dijo-. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?

Ella meneó la cabeza.

-Bueno, te diré. Entran en un pozo que está lleno de bananas. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero una vez adentro, se portan como cochinos. ¿Sabes?, he oído hablar de peces banana que han entrado nadando en pozos de bananas y llegaron a comer setenta y ocho bananas -empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más cerca del horizonte-. Claro, después de eso engordan tanto que no pueden volver a salir. No pasan por la puerta.

-No vayamos tan lejos -dijo Sybil-.

¿Y qué pasa después con ellos?

-¿Qué pasa con quiénes?

-Con los peces banana.

-Bueno, ¿te refieres a después de comer tantas bananas que no pueden salir del pozo?

-Sí -dijo Sybil.

-Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.

-¿Por qué? -preguntó Sybil.

-Contraen fiebre bananífera. Es una enfermedad terrible.

-Ahí viene una ola -dijo Sybil nerviosa.

-La ignoraremos. La mataremos con la indiferencia -dijo el joven-, como dos engreídos. -Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó para adelante y para abajo. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer. Cuando el flotador estuvo nuevamente en posición horizontal, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó: -Acabo de ver uno.

-¿Un qué, mi amor?

-Un pez banana.

-¡No, por Dios! -dijo el joven-. ¿Tenía alguna banana en la boca?

-Sí -dijo Sybil-. Seis.

El joven de pronto tomó uno de los empapados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.

-¡Eh! -dijo la propietaria del pie, volviéndose.

-¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te divertiste bastante?

-¡No!

-Lo siento -dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del camino lo llevó bajo el brazo.

-Adiós -dijo Sybil y salió corriendo, sin lamentarlo, en dirección al hotel.

 

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