Marcos Ordóñez

“Hará unos años, cuando estaba a punto de entrar en quirófano para una operación bastante seria, me encontré cantando Muñeca brava, no sé porqué: me sentí un poco como Manolito Puig.”

Por Marcos Ordóñez

Marcos Ordóñez

         Foto: Carles Riba

(1) Aunque nunca hayas estado físicamente en Argentina hay una conexión literaria y hasta espiritual con este país, sobre todo con Buenos Aires. Nos interesa ese extraño vínculo. Escribiste alguna vez que “En Parque Chas está la luz de mi infancia” y que soñaste varias veces con ese barrio que nunca visitaste. ¿Puedes hablarnos sobre esto?

Nunca estuve en Parque Chas, pero comencé a soñar (literalmente) en él tras haber visto Roma, de Aristaráin, aunque realmente no sé si comencé a soñar en ese territorio, que no era Barcelona ni Buenos Aires sino un compuesto, antes de ver la película, es decir, si reconocí la luz de esos sueños al ver Roma o sucedió a la inversa. La luz de Parque Chas en Roma, una luz de primavera avanzada desembocando en un verano eterno, era la misma de mi infancia en la zona norte de Barcelona: paseos de domingo, entre Vía Augusta y San Gervasio. Luz increíblemente nítida en las calles del barrio en los primeros sesenta, bajo los árboles desbordantes de verdor, en los perfiles redondeados de las casas blancas, en esos interiores donde la brisa danza a través de las ventanas abiertas. Ahora recuerdo también que el cantante galáctico Jaume Sisa me dijo que, cuando visitó Buenos Aires por primera vez, creyó estar caminando por la Barcelona de su infancia en los primeros cincuenta, por la zona de Paralelo y Poble Sec, o sea que aquí se juntarían dos Barcelonas (y dos Baires) bien distintas. La “conexión espiritual” creo que empieza para mí en los genes. En 1914, mi abuelo paterno (yo me llamo como él: Marcos Ordóñez) embarcó con su prole rumbo a Buenos Aires, donde permanecieron siete años. Antes, de soltero, había vivido casi un año allá: subsistía dando clases particulares de matemáticas y vendiendo bombones y caramelos en los cines de Corrientes, como cuento en Un jardín abandonado por los pájaros. En 1914, con mi abuela Feliciana y sus tres hijos, se instalaron en Banfield: para mí las calles sin asfaltar y las farolas en las esquinas de tantos tangos eran las calles y farolas de Banfield, y lo mismo las casas de jardín inmenso que evocó Cortázar en tantos cuentos. Fantaseé muchas veces con la idea de que Cortázar y mi padre se cruzaron en algunas de aquellas calles o jugaron en el mismo parque, aunque luego averigüé que era imposible: Cortázar llegó a Banfield en el 18, cuando ellos ya estaban en Mar del Plata.

De los tres hijos varones, mis tío Fernando y Roberto volvieron a Buenos Aires y allí se establecieron, y allí viven mis primas.

Mi “conexión espiritual” se afianza en los primerísimos setenta, cuando cae en mis manos una preciosa edición de los Relatos de Cortázar (de Bestiario a Todos los fuegos el fuego), editada por Sudamericana, con cubierta azul y blanca, que fue una de mis biblias durante esa época. La lectura de Cortázar, de Bioy y de Onetti (que obviamente era uruguayo pero también muy porteño) fue capital para mí: Argentina era entonces, a mis ojos, el territorio de la libertad, el lugar donde vivían unos escritores que contaban de un modo para mí absolutamente distinto. Poco podía imaginar el horror que estaba a la vuelta de la esquina (pero de eso hablaré en la respuesta a la pregunta 5). Luego comencé a conocer a algunos argentinos que escapaban del horror y, años más tarde, a mis primas y a tanta gente del teatro y del cine de allá, con lo que todos los vínculos crecieron y se reforzaron.

(2) ¿Qué excusa encuentras cuando alguien te pregunta: “Pero Marcos, dejate de joder, y andá a Buenos Aires”? ¿Miedo al desengaño o temor a enamorarte demasiado?

¿Raro, viste? Yo me digo a mí mismo que es un cierto miedo a la sobredosis de intensidades, y no me parece una frase retórica. Mi amiga Cecilia Rossetto me dice que conozco muchas más cosas de Argentina (de su vida, de su historia, de sus lugares, de sus gentes) que muchos argentinos, y aunque exagera, un poco de razón tiene. Fernando Pittaro me dijo que yo soy argentino sin saberlo, y también hay algo de verdad. Por otro lado, estoy muy atado por clases y trabajos periodísticos: nunca he podido encontrar el mes conveniente. Acepto invitaciones, claro está.

(3) Damos fe de que vas silbando tangos por la calle o al entrar a un aula de la universidad. ¿Cómo descubriste esta música?, ¿qué te genera?, ¿a quién no te cansas de imitar en el espejo?

No solo por la calle o al entrar a un aula: hará unos años, cuando estaba a punto de entrar en quirófano para una operación bastante seria, me encontré cantando Muñeca brava, no sé porqué: me sentí un poco como Manolito Puig. Con los amigos de los setenta perpetrábamos atroces versiones del repertorio gardeleano, que fue, lógicamente, el primer amor absoluto. Luego llegaron los descubrimientos de  Edmundo Rivero, Julio Sosa, Piazzolla, Ángel Vargas, Goyeneche… Y las mujeres del tango, desde Tita Merello y Ada Falcón hasta la Varela y la Rossetto… la lista sería interminable. El Tata Cedrón también fue muy importante para mí en esa época, aunque sus letras solían hundirme en la miseria. Lo de mirarme en el espejo procuro esquivarlo.

 Marcos Ordóñez
         Foto: Consuelo Bautista

(4) Estás escribiendo dos textos con protagonistas argentinos. ¿Nos puedes adelantar algo más al respecto?

 He escrito un relato (digo relato porque es más largo que un cuento) que hace unas semanas estuve publicando por entregas en mi blog de EL PAÍS (Bulevares periféricos). Se llama En su mejor momento como mujer y como actriz y su protagonista es una actriz argentina apócrifa llamada Malé Stanfeld. Formará parte, creo, de un libro futuro que ya tiene título: Astor y otros viajes. Astor, por cierto, no es Piazzolla, sino un barrio imaginario de Barcelona. También está en el blog, como casi todo lo que voy escribiendo. El segundo texto que mencionáis posiblemente sea un perfil de Alejandro Urdapilleta, que desconocía totalmente (hasta la fecha de su muerte) y me tiene fascinado.

(5) En 2006 escribiste una novela de más de 500 páginas titulada Detrás del hielo. Sabemos que pasa en un país imaginario, pero ¿por qué dices que es “argentinísima de espíritu”?

Detrás del hielo
apareció en 2006 y me llevó casi tres años, porque tuve que inventar un país, la República de Moira. Yo quería contar la historia de una generación que estuvo a punto de tocar el cielo con las manos. Pensé, claro, en la España de la Segunda República, en la Argentina (y Chile) de los 60, en la Praga de Dubcek. Pensé en los “otros” 68, no solo en el parisino, y decidí inventar ese país para huir de la sujeción de lo real, que me obligaba a ceñirme a los hechos (y a un trabajo de documentación salvaje): pensé que un país inventado permitía que cada lector proyectara en él sus imaginarios, por así decirlo, así que Moira acabó siendo una mezcla de Buenos Aires, Chile, Praga y Barcelona. Hay dos influencias fundamentales en Detrás del hielo: La voluntad, los tres tomos de Anguita y Caparrós, posiblemente el más grande trabajo periodístico y de investigación en español de los últimos años (que me descubrió otro amigo argentino, Roberto Lemes), así como la obra de Rodolfo Walsh, al que se homenajea claramente en la novela. Por cierto que hay un capítulo que es una traslación/condensación del Cordobazo a partir de los datos de Anguita y Caparrós. Yo voy diciendo por ahí que Hielo es mi novela más argentina, pero parece que eso incomodó a alguna gente que me tacharon de presuntuoso. Lo seguiré diciendo.

(6) Como hombre de paladar fino del teatro, ¿qué puedes decir del teatro argentino?

Ha sido un maestrazgo indudable para el teatro español: creo que hay un antes y un después de las visitas de Daulte, Veronese, Spregelburd y Tolcachir, para citar unos pocos. Maestrazgo actoral, de autoría y de coraje. Nos demostraron que las cosas se podían hacer de otra manera. Lo único que lamento es que no haya habido demasiado viaje de vuelta, y deseo que haya más experiencias como la de Temporada Alta en Timbre 4, porque en España se están haciendo cosas extraordinarias. Pese a la crisis y a los palos en las ruedas que ponen los políticos.

(7) Tienes una semana para visitar Buenos Aires. ¿Cómo armarías tu itinerario, cuál sería tu paseo ideal?

La pregunta merecería una larguísima respuesta, y bastante me he alargado ya. Pienso en cafés, librerías, parques, barrios lejanos. Aunque sé muy bien la distancia que media entre lo imaginado y lo real, sé también que los fulgores nunca se extinguen. Y, sí, iría a Banfield, y a Parque Chas, y a Caballito, y a tantos otros lugares.

 

Leave a Reply