dolores fonzi

‘La Patota’: de las Tullerías a Misiones

 

I Una mujer joven y rubia, tiene una mirada fría y sonríe poco. Mantiene el entrecejo arrugado por eso se le hace una leve cicatriz. Sentada, iniciará una discusión con su padre en la que pondrá sobre el tapete el giro que le dará a su vida profesional.

Su pelo es enrulado y está recogido. Lleva un sweater cerrado; por encima del cuello del sweater sobresale otro cuello, de camisa, con los dos primeros botones desprendidos. En esa primera escena también reeditará viejos debates ideológicos. Su padre tomará whisky, mientras su hija abandona la silla y se para justo, en el instante en que la discusión se torna una discusión pareja. A la altura.

Hacia el final de los primeros minutos, prevalecerá la ternura entre ellos. Y el pleno ejercicio de la libertad de esa mujer.

Se llama Paulina.

Y habitada por ciertos silencios, sonríe poco. Como si quisiera estar en sintonía con los aspectos más trágicos de la existencia humana.

O abrazada a ellos.

II Paulina (Dolores Fonzi), la mujer que irá sonriendo cada vez menos, es el personaje central de La Patota, película dirigida por Santiago Mitre estrenada en el 2015; se trata de una remake de una película anterior dirigida por Daniel Tinayre. En La Patota de Mitre, ella es una joven abogada que está cursando un doctorado en derecho en la capital. Su padre (Oscar Martínez), un juez que hizo carrera en la Justicia en la provincia de Misiones.

La decisión de Paulina será ir a Misiones para llevar adelante la ejecución de un programa educativo. No estará a la cabeza del programa. Sí en el aula como profesora. Eso implica -según su padre que está en desacuerdo-, abandonar un doctorado y una carrera prometedora en la Justicia: “Si querés cambiar las cosas lo que tenés que hacer es carrera en la Justicia, llegar muy alto, tener poder de decisión”. En el ámbito público, las mujeres en el mundo ocupan menos cargos de decisión que los varones. En la Argentina, las cifras dicen lo mismo: las mujeres ocupan apenas el veintidós por ciento de los cargos políticos del Poder Ejecutivo Nacional. Y cuando logran acceder a uno, en su mayoría, son mujeres de clase media o clase media alta; y blancas. Paulina no estará interesada en hacer carrera y además replicará: “¿No podés admitir que una mujer de clase media, formada y educada, trabaje en las villas de Misiones? ¿Te molestaría que una mujer de barrio ocupe un cargo ejecutivo?”

Desde capital federal, viajará a Misiones.

Su vida cotidiana, cree, transcurrirá entre los silencios provincianos y los ruidos de la naturaleza. Entre las clases que le dará a sus alumnos y la ambición de instalar el programa educativo –inclusivo y ejemplar- en toda la provincia. Al parecer, se trata de un camino cuyo origen podría situarse en la militancia de su padre en el PCR (Partido Comunista Revolucionario). El origen también podría ser otro. Pero supongamos que sea ese.

Paulina hará un recorrido de base mediante una militancia distinta a la que tuvo su padre: por fuera de un partido y desde un ámbito institucional. Como si quisiera darle continuidad al recorrido teleológico que propusieron los grandes relatos como el marxismo. Y en ese trayecto transformar el mundo en pos de los explotados y los oprimidos. Paulina, entonces, caminará.

Como si el camino fuera unívoco en sentidos; sin mayores complicaciones.

oscar martinez

III “Sin duda, hoy, la joven sale sola y puede deambular por las Tullerías; pero ya he dicho hasta qué punto le es hostil la calle: por doquier hay ojos y manos en acecho, si vagabundea aturdidamente sumida en sus pensamientos, si enciende un cigarrillo en la terraza de un café, si va sola al cine, no tardará en producirse un incidente desagradable; es preciso que inspire respeto por su indumentaria, por su porte; semejante preocupación la clava en el suelo y en sí misma. ‘Las alas caen’ ”.

Paulina, por su posición social, podría haber conocido el Jardín de las Tullerías y haber leído de manera más o menos inadvertida esta cita de uno de los libros más famosos de Simone de Beauvoir.

Por eso tal vez Paulina desconozca la fuerza y la agudeza de los adolescentes que la interpelan en guaraní. Les transmitirá vehemente su concepción del poder político democrático: “Los políticos trabajan para ustedes, son empleados de ustedes, no es al revés”. Hasta ahí, su lucidez ese primer día de clases; luego proseguirá comparándose con un político: “Yo soy tu empleada. Yo vengo a enseñarte. Si vos querés que yo me vaya, me voy. Si vos te querés ir, te vas”.

Se van.

“Un desastre”, confesará más tarde. Ni aún vencida, lo afirmará en el medio del drama.

A los pocos días de estar en Misiones, se emborrachará un poco con una compañera, se le hará de noche y se subirá a la moto de ella para poder regresar a casa. Un grupo de varones lugareños la acechará en el camino. El grupo está constituido por algunos de sus alumnos. También por un hombre que trabaja en un aserradero. La frenarán. La empujarán. Luego, la reducirán. El mayor de ellos la violará.

Y las alas caen.

la patota

IV Rita Segato define la violación no como “una consecuencia de patologías individuales ni, en el otro extremo, un resultado automático de la dominación masculina ejercida por los hombres, sino un mandato”. Juega un papel necesario en la reproducción de la economía simbólica del poder cuya marca es el género: es un acto de restauración del poder de los varones.

La autora señala una triple referencia en este delito que puede reconocerse en el discurso de los violadores.

Es un castigo contra una mujer que salió de su posición subordinada. Que se puede haber vuelto autónoma por el mero hecho de haber realizado un desplazamiento no destinado a ella en la jerarquía del modelo tradicional, poniendo en entredicho la posición del hombre en esa estructura. Paulina es una mujer autónoma. Busca su propia libertad y la del mundo y entiende que en él anida una violencia no natural producto de una profunda desigualdad social.

Es también una agresión contra otro hombre cuyo poder es desafiado mediante la apropiación de un cuerpo femenino. Ciro, el varón que viola a Paulina, la confunde con su ex novia que lo ha dejado por otro hombre. Ciro lo desafía.

Y es una demostración de fuerza y virilidad ante una comunidad de pares, con el objetivo de preservar un lugar entre ellos probándoles que uno tiene competencia sexual y fuerza física. Esto es característico de las violaciones cometidas por pandillas. Las más crueles.

La patota tiene tres motivos repugnantes para taclear a Paulina.

V La mujer que ahora sonríe menos intentará salir rápidamente del lugar de víctima. Tratará de mantener las convicciones ideológicas hasta el final. Pero sin convertirse en una heroína.

En el procedimiento de reconocimiento, no denunciará al agresor, pobre y con rasgos indígenas. Aun sabiendo quién es. Y esto no es digno de ser reivindicado. Pero sobre las espaldas del personaje pesa una contradicción: la tensión de derechos entre los pueblos originarios y los sectores más vulnerables de la sociedad, y los derechos de las mujeres. ¿Cómo hacer para sumarlos sin que entren en una tensión irresoluble? Pretender resolverlo a su manera –no denunciando- la convertirá ante los ojos de cualquiera en una irresponsable social. No poder resolverlo, de manera dialéctica- con la mejor de las síntesis-, será lo que le devuelva cierta humanidad a una Paulina que a esa altura se ha vuelto demasiado estoica. Demasiado racional en su intento de querer calcular la fórmula más justa para un mundo que se ha vuelto horrible.

Paulina se va quedando cada vez más sola en sus dilemas ideológicos.

Pero no tanto.

Si bien no denuncia a su agresor, deja al descubierto cómo el sistema patriarcal -ese entramado de pactos que pone el control de la sociedad en manos de los varones- se suele instalar desde la violencia atravesando a todas las clases sociales. De un lado: la violación cruenta. Del otro –el de la aparente civilización-, el tipo de violencia que se ejerce desde la lógica de reproducción de los privilegios de los varones desde adentro de las instituciones: el padre de Paulina, juez él, le ofrecerá todos los contactos y garantías para un aborto rápido y seguro. “Quiero que sepas que ya está todo arreglado. Por supuesto que yo quiero que sea tu decisión; el momento, el lugar, la forma”.

Cuando ella quiera.

Los hombres más acomodados deciden proteger a las mujeres de su propia clase siempre y cuando continúen en una posición subordinada.

En la Argentina, los abortos seguros, aún en el marco de abortos no punibles, se siguen realizando de manera arbitraria. Las clases sociales más pobres siguen siendo las más desfavorecidas: Belén en Tucumán estuvo presa más de dos años por haber sufrido un aborto espontáneo con una carátula de homicidio doblemente agravado por el vínculo.

Paulina no es Belén. No tienen los mismos recursos económicos ni simbólicos.

VI Paulina puede además ejercer ese derecho a la libertad tan vinculado a la negatividad sartreana. Le dice no a todos los ofrecimientos de su padre, no sólo a los que le garantizarían un aborto seguro, también a los que podrían haber contribuido con su ascenso rápido en la Justicia. Deja al desnudo un sistema de pactos y de reproducción de privilegios para unos pocos. Y también, deja al descubierto una realidad que se ha vuelto inaprensible, en el medio de la cual, sólo tiene una certeza: “quiero que nazca”.

Quedará embarazada y elegirá no abortar.

dolores fonzi

VII Mariana Vargas vive en Jujuy. Es abogada. Fue defensora de Romina Tejerina. Milita en organizaciones de mujeres desde hace mucho tiempo y desde adolescente, en el PCR. En una entrevista estuvimos hablando sobre la importancia del aborto y las decisiones de Paulina.

¿Alguna vez conociste un caso como el de ella? ¿Creés que aunque no se aborte se puede seguir manteniendo el principio feminista del derecho a decidir sobre el propio cuerpo?

– Sí. De hecho conozco un caso en que pudo vincularse perfectamente con su hija. La adora. El derecho a decidir sobre el propio cuerpo es en un sentido o en otro; en el sentido de interrupción del embarazo o de mantenerlo. Las que venimos peleando por las mujeres, por los derechos y también por la legalización del aborto no estamos obligando a nadie a hacer algo que no quiera hacer. Muchas veces se ha obligado a mujeres a abortar en relaciones de pareja. No es feminista el hombre que obliga a la mujer a abortar. La mujer tiene que poder decidir ya sea en el embarazo producto de una relación consentida o producto de una violación. El punto es que pueda decidir sin las presiones, libremente. En cualquier caso, el tema es el derecho a decidir, no qué decidimos.

-Además de los clásicos aspectos socioeconómicos, ¿qué otros aspectos entran en juego a la hora de decidir abortar?

-El ideológico muchas veces es el que resuelve. Pero a veces es contradictorio. Por ahí una mujer cuestiona el tema del aborto hasta que le toca resolver.

-¿Qué clase social tiene acceso a un aborto seguro aún en un marco de ilegalidad?

– Tienen acceso las clases medias para arriba. Resolvemos pagándolo. Las mujeres que mueren por aborto son las mujeres pobres. Son las que no tienen los medios para acceder a un aborto seguro. Por lo tanto la penalización del aborto es un profundo acto de discriminación.

-¿Por qué hay tanta resistencia a que todas las clases sociales accedan a un aborto seguro y gratuito?

-Hay mucha hipocresía. Hay mandatos que señalan que las mujeres no somos dueñas de nuestros cuerpos. Que otro decide sobre nuestro cuerpo. Con plata sorteás la prohibición. Pero si no tenés plata no podés escapar a esta situación de gran control sobre el cuerpo de las mujeres. Se siguen garantizando cuestiones muy retrógradas: la mujer sólo es para la reproducción y el sexo también. Las ideas machistas nos complican mucho y nos complican tanto que a veces terminamos muertas.

-¿Cómo se logra un contexto favorable para que una mujer que decida abortar se sienta bien con su decisión?

-Terminando con la hipocresía que existe. Me parece que no hay que juzgar, hay que entender y acompañar a la mujer decida lo que decida, sea en un sentido o en otro. Tenemos que afianzarnos en que somos libres más allá de que tengamos obstáculos que atentan contra nuestra libertad, incluso legales.

VIII “¿No te da miedo que cuando veas a tu hijo veas a la cara del que te violó?”, le pregunta Laura a Paulina. El interrogante, seguirá resonando en el imaginario individual y colectivo. Mientras tanto, hay un determinismo biológico que es puesto en entredicho: el de que no todo está contenido en el ADN. El futuro se presenta como imprevisible. Ni siquiera reside allí, -en ese núcleo de ADN-, el contorno exacto de los pies: su forma irá cambiando con el tiempo, en sintonía con la fuerza que ejerzan los músculos, al pisar las distintas tierras por las que transitan.

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