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Gloria Peirano: «Funciono a base de rituales»

  • ¿Cuál es tu libro pendiente/postergado más vergonzoso?

Tengo muchos libros pendientes, por suerte. Solo me da alegría saber que me queda tanto por leer. A veces me asusta una idea extraña: que no haya libros que me conmuevan, en el futuro, como me conmovieron otros, en el pasado. Pero no siento vergüenza por no haber leído un libro ni creo que nadie deba sentirla: el recorrido de las lecturas es el que debe ser en cada lector. Estrictamente, el del gusto, el del placer.

Estoy leyendo a Deleuze. Ahora leo su Spinoza, y me gustaría continuar. En ese sentido, esa es una lectura pendiente.

  • ¿Cuál es tu T.O.C. en la vida cotidiana? ¿y tú T.O.C. como escritora?

Funciono en base a rituales. Uno fundamental es el uso de la agenda de papel, en la que anoto y tacho, diariamente. Si algo no está anotado, no existe la posibilidad, no solo de recordarlo, sino de hacerlo. Me fascinan las listas. De tareas, de compras, de llamados para hacer o para responder, de libros que me prestaron o que presté. Es un ritual recursivo porque también anoto “ver agenda”.

Soy obsesiva en la construcción de las frases. Corrijo antes de avanzar a la siguiente frase o al siguiente párrafo. Es decir, corrijo bastante poco al final de una novela porque invertí una enorme cantidad de tiempo en corregir sobre la marcha de la escritura. Por eso, escribo con bastante lentitud. Tengo la sensación de que no podré escribir lo que sigue si la frase o el párrafo anterior no están absolutamente corregidos. Dentro del adverbio “absolutamente” entra una obsesión, digamos, considerable. Escribo siempre en tipografía Times New Roman 12, interlineado doble. No puedo escribir a mano ya, aunque a veces lo hago, y también controlo que la caligrafía sea agradable a la vista. Dentro de esta cantidad de reglas, y gracias a su existencia, aparece, si tengo suerte, la libertad.

  • ¿Alguna vez robaste un libro? ¿Cuál, dónde y por qué?

Cuando cursaba Letras, a finales de los años ochenta, estaba de moda, entre los estudiantes, robar libros. En esa época, no había alarmas. Me transformé en una experta. Robaba en las librerías de Corrientes y en la Feria del Libro. Tenía una técnica precisa, que consistía en deambular entre los anaqueles y las mesas con una carpeta oficio sobre el pecho, vigilar que nadie me mirara, poner el libro robado debajo de la carpeta y seguir mirando otros libros, como si nada. Todavía puedo recuperar la sensación del latido del corazón, era hermosísima. También era muy lindo quedarme sola, saberme sola en la faena, ser abandonada y desconocida por algún novio de comportamiento civil, que me esperaba en la esquina, para no verse involucrado en el hecho delictivo. Yo parecía (y parezco) una persona incapaz de robar, doy en cámara como alguien compuesto e inofensivo. El robo de libros fue uno de los secretos ocultos de esa apariencia, que siempre me pesó un poco. Hace más de veinte años que no robo libros. Es decir, a esta altura, ya soy lo que parezco.

  • ¿Cuál fue el último libro que no pudiste terminar de leer y por qué?

No terminé de leer varios libros, no me acuerdo cuál fue el último, pero dejo, sin ninguna culpa, de leer un libro si no me gusta.

  • ¿Qué premio no estarías orgullosa de recibir?

Supongo que un premio relacionado con un gobierno dictatorial.

  • ¿Cuál fue la primera palabra que pronunciaste?

Mi madre me contaba que fue “no”. Pero, como toda madre, inventaba relatos sobre mí. Además era madre de hija única, así que tenía tiempo para inventar y macerar esos relatos. Es probable que no haya sido “no”, que haya sido “mamá”, como la mayoría de los niños y de las niñas.

  • ¿Cuál es tu palabra preferida? ¿Y la más odiada?

No prefiero ni odio las palabras. Todas, incluso las partículas, pueden integrar la combinatoria de una frase. Por ejemplo, ¿qué haríamos sin el “que” relativo, que posibilita el universo inmenso de la subordinación en español? ¿Qué haríamos sin las preposiciones? Tal vez, en la escritura, existe una valoración implícita respecto de las clases de palabras. Los verbos y los sustantivos se nos aparecen como los monarcas dentro de las frases. Y, en gran medida, lo son, cómo negarlo. Un sustantivo funciona mejor en la escritura que un infinitivo. Es más sólido, el infinitivo no aporta esa solidez, es un ente más desmadejado. Pero no acuerdo con las batallas contra el gerundio o contra la excesiva adjetivación (aunque el adjetivo es claramente una droga dura) o contra el adverbio, que es un cajón de sastre donde se han comprimido varias clasificaciones. No es difícil encontrar párrafos espléndidos en los que el gerundio o los devaluados adverbios en “mente” conforman una escritura que tensa el lenguaje. Pienso en Sara Gallardo o en Juan José Saer, por ejemplo.

  • ¿De qué título te hubiese gustado ser autora?

De Léxico familiar, de Natalia Guinzburg.

  • ¿Cuál es el libro que más has subrayado?

Los de Gramática. Es decir, subrayo solo cuando estudio. Con lápiz. Me asombra que se pueda subrayar un libro con algo que no sea lápiz. Birome y libro no van en la misma frase.

  • ¿Recuerdas dónde y en qué época leíste ese libro?

Estudio Gramática siempre. Ahora estoy leyendo un libro sobre semántica, que compré en la última Feria del Libro: La semántica argumentativa, Una introducción a la teoría de los bloques semánticos. Es una edición a cargo de María Marta García Negroni y de Alfredo Lescano sobre el seminario que dictaron Ducrot y Carel, en la Universidad de Buenos Aires, en el año 2002.

  • ¿Qué frase recuerdas haber subrayado y que haya quedado grabada en tu cabeza?

No la subrayé. Es un verso de un poema de Emily Dickinson, que leí hace mucho tiempo y nunca olvidé:

parte la alondra y encontrarás la música

Hay otras traducciones, como:

abre la alondra y encontrarás la música

o

divide la alondra y encontrarás la música

pero la primera es la que más me gusta.

 

 

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