Federico Falco

Federico Falco : Un lugar en el mundo

  General Cabrera – Córdoba (Argentina)
Por Federico Falco 

Cabrera es un pueblo de apenas un poco más de diez mil habitantes, en el sur de la provincia de Córdoba, en el centro de Argentina. Está en el borde la pampa árida, casi siempre hay viento, algunos años la lluvia escasea. El paisaje que lo rodea es llano, chato, pura explotación agrícola: soja, maní, maíz, un poco de trigo. No todo el pueblo vive del campo, pero la economía suele moverse al ritmo de las cosechas. Si el año es bueno, el pueblo se reactiva. Si el año es malo, hay que esperar al próximo, a que llueva más, a que mejore, a que el precio de la soja no se caiga, a que no venga un temporal cuando es la época de trilla.

 

Federico Falco

 Viví en Cabrera desde que nací hasta que cumplí diecisiete años, y todo ese tiempo supe que me iba a ir del pueblo, que ni bien terminara el secundario, me iría. Me gustaba la idea. Quería estar lejos, vivir aventuras, hacer cosas, ver otros paisajes, conocer gente. El diario, que todos las mañanas, cerca del mediodía, llegaba a casa desde Buenos Aires, no hacía más que darme ideas. Gracias al diario, y a los libros, yo sabía que había otras formas de vida: lugares con librerías, teatros, muchos cines; ciudades inmensas, donde nadie, por mirarte nomás a la cara, adivinara en tus rasgos, de quién eras hijo. En el suplemento de espectáculos leía las páginas con la cartelera: a cualquier hora del día, en algún lugar de Buenos Aires, estaban dando una película. En Cabrera no había ninguna librería, y un solo cine, el Cine Rex, del Toti Bonetto, con funciones sólo los sábados a la noche y un matinée de dos películas infantiles los domingos a la siesta. Ahora, ya no hay cine. Cerraron la sala y alquilaron la parte de adelante, donde estaba la boletería y el quiosco. Durante un verano vendieron ahí los chacinados de Berti; después, subdividieron el espacio e instalaron en ese lugar una carnicería, una financiera y las oficinas de una imprenta.

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En sus buenas épocas, en el Cine Rex se organizaban las Muestras de Cine Argentino. Durante una semana, había funciones todas las noches, daban hasta tres o cuatro películas por día, con un poco de suerte, el director o algunos actores viajaban para presentarlas. Estuvo Ana María Picchio, estuvo Juan José Camero, estuvo Malvina Pastorino, la viuda de Luis Sandrini. En el año 92 o 93, dieron Un lugar en el mundo, de Adolfo Aristarain, y para acompañar la proyección viajó a Cabrera el chico que en la película hacía de hijo de Federico Luppi. Se llamaba Gastón, paraba en la casa de Toti Bonetto, era de Buenos Aires y tenía más o menos mi edad. Era un chico carilindo, con sonrisa de galán tierno, todas las chicas de pueblo se enamoraron de él instantáneamente. “Te amo, Gastón”, le gritó desde el balcón del pulman una de mis compañeras de secundario, en el silencio después de la proyección, mientras él se subía al escenario para tomar el micrófono y responder las preguntas del público, en la entrevista abierta programada para cuando terminara la película.

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Un lugar en el mundo empieza con el personaje de este chico volviendo al pueblo donde pasó su infancia. Toda la película es un largo flashback, donde él recuerda el trabajo de Federico Luppi como maestro en una escuelita rural, el de Cecilia Roth como médica. Rodolfo Ranni hace de un intendente mafioso, Leonor Benedetto es una monja comprometida y José Sacristán un ingeniero que dice que anda buscando petróleo, pero en realidad viene a construir una represa que tapará casi todo el paisaje que rodea al pueblo. El personaje de Gastón se enamora de la hija del capataz de una estancia, a quien le enseña a leer sobre unas bolsas de arpillera y también le da unos pocos besos. Al final, sale todo mal, comienzan las obras por la represa, el lugar idílico pronto desaparecerá bajo el agua, Gastón se tiene que ir del pueblo: se va a Buenos Aires, para empezar el secundario y seguir estudiando allá.

 

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Filmaron Un lugar en el mundo en San Luis, a unos doscientos o trescientos kilómetros de Cabrera. El pueblo se parecía en algunas pocas cosas al nuestro, pero el de la película era claramente más telúrico: sulkys, ranchos, construcciones de los años cuarenta. Las montañas hermosas y azules de Traslasierra aparecían casi en cada plano y eso también era diferente: en Cabrera el paisaje es siempre chato, a los cuatro costados; un horizonte plano en los trescientos sesenta grados del círculo. Tanto se aplasta el llano frente a la vista que en nuestro pueblo lo que siempre acapara la atención es el cielo: una bóveda inmensa, que ocupa toda la mirada. De ahí algunos nuestros rituales: salir a dar vueltas en autos y de paso ver cómo se pone el sol, para saber si al día siguiente habrá viento; salir a ver si hay tormenta agazapada a lo lejos.

 

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En Cabrera, por supuesto, no conocíamos a nadie como los padres de Gastón en la película. No había un Luppi progre y un poco cansado de esperar por una revolución que nunca llega. No había una Cecilia Roth madre comprensiva y sabia, que entendía, que luchaba, que vivía la vida a partir de un compromiso extremo: ser médica rural, dormir casi en un rancho, un techo de paja que seguro estaba lleno de bichos. La mayoría de los adultos que conocíamos en Cabrera eran adultos normales, que trabajaban, se preocupaban por la plata, los domingos iban a misa, no hablaban de política. ¿Se apasionaban por algo? ¿Había algo por lo que dejarían la vida? Desde mi mirada adolescente, no había ni uno solo que estuviera a la altura de los sueños de Federico Luppi en la película. Tenían otro tipo de preocupaciones, otro tipo de vida.

 

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Al día siguiente de la proyección, llevaron a Gastón a nuestra escuela, para que hiciera una visita y contestara más preguntas, en el Salón de Actos, sentado sobre una banqueta. Uno de nuestros compañeros, que ese día llegó un poco tarde a clases, dijo que lo había visto parado afuera, la espalda apoyada contra una de las paredes del edificio, esperando a que se hiciera la hora en que comenzaba la entrevista. “Fuma como un murciégalo”, dijo. “Y se apoya a la pared como si estuviera en una publicidad de Charro o de Mango”. Después, cuando entró al patio, todas las chicas se escaparon de las aulas y empezaron a correr en círculos por las galerías, gritando con el pelo suelto, agarrándose con las dos manos las mejillas. En el Salón de Actos, los únicos que hicieron preguntas fueron los más grandes, los de cuarto año y los de quinto. Una de las chicas de quinto le preguntó si le gustaba ser famoso y Gastón dijo que sí. Otra le preguntó si le gustaba vivir en Buenos Aires y Gastón dijo que Buenos Aires era muy lindo. Los varones casi no dijimos nada. De mis compañeras, ninguna habló, porque les daba vergüenza.

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El padre de una de mis compañeras había colaborado en la organización de la Muestra de Cine y ella lo empezó a volver loco, pidiéndole que por favor, por favor, hablara con el Toti Bonetto, para que llevara a Gastón una tarde a su casa, para que ella y sus amigas pudieran charlar con él y verlo más de cerca. Al final, lo logró. Toti Bonetto pasó a dejarlo con el auto. “Lo busco en una hora, hora y media”, les dijo, desde la ventanilla. “Tomen todos los mates que quieran”. Mis compañeras lo sentaron en el sillón del living y se sacaron fotos con él. Primero todo el grupo de chicas, con Gastón al medio; después una por una, a solas con el artista, cada una sentadita a su lado, sobre el sillón de terciopelo.

Lo invitaron con facturas y bizcochitos, y Gastón se puso a hablar y a hablar, de cómo era actuar, de las clases de teatro, de filmar una película, de cómo era dar besos de mentira. Habló sobre lo que hacía todos los días en Buenos Aires, y de la novia que tenía. Dijo que esa era su tercera novia, que a él le gustaban las chicas más grandes, chicas que supieran lo que hacían. De su billetera sacó una foto. “Ella es mi novia”, les dijo. En la fotografía se veía a una mujer en bombacha y corpiño. Eso escandalizó por completo a mis compañeras. “Es un pendejo re agrandado, insoportable”, contaron al día siguiente, en la clase de geografía.

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Al final, Gastón se encariñó con Cabrera. O se encariñó con la idea de ser el galán del pueblo. Estiró su estadía y en lugar de quedarse cuatro días, decidió quedarse una semana entera. Y después, dos semanas. Y después, otra semana más. Al parecer, no tenía nada que hacer en Buenos Aires. No iba al secundario, a fin de año rendiría libre todas las materias. Hablaba de otra película que empezarían a filmar pronto, de una obra de teatro, todavía faltaba. Tenía tiempo, se podía quedar.

Al principio era una celebridad en el pueblo, lo invitaban a comer asados, lo llevaban de un lado para el otro, le prestaban motos y bicicletas para que pudiera moverse con libertad. De a poco, empezó a volverse normal verlo por ahí, siempre con algún grupito de chicas alrededor, caminando, dando vueltas. Se juntaba con las chicas más grandes, a mis compañeras ni siquiera las volvió a saludar. Dijeron que se había puesto de novio con una de las chicas de quinto. Dijeron que había estado besándose con otra, detrás de las canchas de paddle. Dijeron que a la noche visitaba a una de las de cuarto, saltaba tapiales para meterse por el patio y toquetearse con ella detrás de unas ligustrinas. Dijeron que Toti Bonetto ya no lo soportaba más en su casa, que no veía la hora de que se fuera, que a lo mejor se mudaba a la casa de alguna de las chicas. Después, ya no me acuerdo. Desapareció, se fue, no lo volvimos a ver. Tal vez hubo agasajos, a lo mejor los más grandes organizaron un asado, para despedirlo. Nosotros no nos enteramos.

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Es raro cómo las historias se nos meten en la cabeza, cómo nos impregnan y nos modelan sin que nos demos cuenta. Hace poco, de casualidad, volví a ver Un lugar en el mundo un sábado a la tarde, en la tele, la agarré empezada. El final me pareció meloso y sensiblero, pero sigue siendo conmovedor. El personaje de Gastón ya creció, vuelve de visita al pueblo, va a visitar la tumba de Luppi, que se murió de un infarto. La voz del chico, de grande, la hace Fabián Vena. Frente a la lápida de su padre, cuenta que vive en Buenos Aires, que estudia medicina, que se ganó una beca, que se va a vivir a España, que tal vez no vuelva. “Me gustaría que me dijeras cómo hace uno para saber cuál es su lugar”, le dice a su padre, a quien vemos en las imágenes del recuerdo, contemplando las tierras ahora tapadas por el agua de la represa que ayudó a construir José Sacristán. “Yo todavía no lo tengo”, le dice el hijo a su padre muerto, sobre una música de guitarras y violines. Escuchar esas frases, en la pantalla de la tele, fue volver a la oscuridad de mi butaca en el Cine Rex, a la puntada en el corazón de mis catorce años, a la ansiedad y la angustia por no saber qué iba a pasar: había que irse de ese pueblo, pero ¿a dónde?, ¿a estudiar qué? ¿a qué universidad?. “Supongo que me voy a dar cuenta cuando esté en un lugar y no me pueda ir. Supongo que ya va a aparecer”, dice en la película la voz en off de Fabián Vena. “Todavía tengo tiempo de encontrarlo”, dice y yo, en aquellas penumbras lejanas del cine de Cabrera, me pregunto cómo se hace, cuál es mi lugar, qué tengo que hacer para poderlo encontrar.

Federico Falco

 

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