Carlos_Skliar

Cortázar: postal de nostalgia

Por Carlos Skliar 

  Carlos Skliar

Fotografía: Francesc Fernández

Soy niño.

Es decir: no quisiera perderme en la ciudad, adoro los tropezones y odio la corriente eléctrica y el olor a coliflor que a veces llega desde la cocina.

Apenas si puedo comprender la redondez de la tierra o la hondonada hacia arriba del cielo o los murmullos que atraviesan mis juegos a la hora de la siesta. No entiendo de qué está hecha la sombra, qué separación existe entre los peces y mis ojos y, mucho menos, porqué las autopistas se mueven tanto mientras uno permanece quieto.

Soy niño y lo único que sé es que el tiempo ahora juega conmigo, en mí, mientras noto la prisa alrededor, y el enfado inconcebible contra una lluvia dispersa o la desazón por la caída de un objeto al suelo o la nostalgia por la partida de un papel amarillento con letras y números y meses y días. No sé demasiado, pero percibo que a este mundo le faltan magas y le sobran hombres consternados. También sé, por experiencia propia, que el fuego, cualquier fuego, es todos los fuegos.

 Julio Cortázar

Fotografía: revistaenie.clarin.com 

Soy niño.

Miro a mi padre sentado en su sillón ocre y desvencijado hacia el fin de la tarde, con el ventanal abierto, sosteniendo un libro entre sus manos, absorto y perdido y desatento. Quisiera estar con él, subirme a su falda, quisiera contarle nimiedades –el desliz de las hormigas, la suavidad de mi ombligo, el ruido que provoca un soldadito de plomo al chocar contra el suelo-  pero mi madre insiste en que no lo moleste, que no lo distraiga. ¿Por qué?, pregunto, con esa insistencia repetitiva y diferente cada vez, esa pregunta que desea saberlo todo acerca de las deshoras y los premios. Porque está leyendo, me responde.   

 “Está leyendo” es para mí, ahora mismo, el único paisaje, la verdadera iniciación e invitación a la lectura: ni las bibliotecas, ni las escuelas, ni las doctrinas, ni las industrias. “Está leyendo” es la atmósfera que atraviesa la casa a las siete de la tarde como si se tratara de una luminosidad, de un viento, de una esquirla, de un estallido, de un estruendo, de un declive y, finalmente, de un regreso.

“Está leyendo” como si la tierra no existiese, como si la patria desapareciese, como si el trabajo no contase, como si no hubiera sino la presencia de un gesto imperecedero: el silencio interrumpido por el canto de las páginas, el silencio destronado por una voz hacia dentro, el silencio como relato de un secreto inconfesable.

  Julio Cortázar

Fotografía: elmundo.es

Miro a mi padre desde lejos o desde abajo, siempre con disimulo. Es como si lo arrancaran, lo detuvieran, lo mutaran, lo desterraran. Y lo devolvieran, tiempo después, con otro cuerpo, con otros gestos, con otro semblante, con otra vida.

Su regreso es fresco y tibio al mismo tiempo. Cierra el libro que ahora es rojo y me mira con buenos ojos, me acaricia la cabeza sin humillarme y me susurra al oído una promesa fascinante que todavía no entiendo: “Ya leerás dentro de poco”.

Mi padre lee a Cortázar.

Yo aún no leo. Pero miro a mi padre y percibo la diferencia en su rostro entre “está leyendo” y “está triste” o “está lejos” o “volveré más tarde” o “no puedo jugar ahora” o “este país me duele”.

Yo soy un niño que, mientras espero el tesoro de lo legible y lo impronunciable, sólo deseo la continuidad de los parques. Y desde entonces, también la continuidad de los libros. 

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