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Rebeldes, soñadores y fugitivos

 Por Macarena Trigo

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UNO

Buenos Aires siempre está a punto de irse al carajo. Eso afirman los porteños, al menos. Reconocen su ciclotimia y sobre y contra ella levantan sus ingenios culturales. El porteño es experto en robarle tiempo a la vida para hacer lo que necesita, desea o ama. La doble profesionalidad se esgrime con pasmosa normalidad y el horario de salida del laburo alimenticio arrastra a muchos a ensayos, filmaciones, ciclos de lectura, puestas de luces, reuniones de edición o producción e infinito etcétera. Se trabaja de una cosa que, con suerte, quizá esté relacionada con la disciplina amada pero quizá no.

El extranjero que llegue a la ciudad con cierto bagaje cultural y alguna orientación sobre lo que puede encontrar, colapsará su agenda con las posibilidades de cada circuito. El teatral ofrece funciones cualquier día y cuenta con varios cientos de obras los fines de semana. Resulta imprescindible algún asesoramiento para no naufragar en una cartelera tan heterogénea como insólita.

El circuito teatral independiente o alternativo (adjetivos polémicos pero útiles para entendernos) se expande gracias a la apuesta de creadores que, movidos por el sueño personal o colectivo, apuestan por el espacio propio. Se resuelve así, en principio, la búsqueda constante de sala donde ensayar y estrenar trabajos. No obstante, comienza entonces la odisea del mantenimiento de un lugar que, por pequeño que sea, será acosado por mil y un inconvenientes. A los de la infraestructura edilicia antigua y maltratada que a menudo los alberga, se suman las reiteradas inspecciones del Gobierno de la Ciudad en busca de infracciones tan ridículas como surrealistas y, este año, el aumento de las tarifas en los servicios básicos. Las salas de teatro – así como los negocios, universidades, clubes de barrio, hospitales, salas de cine, librerías y todo lo que existe bajo el ancho cielo -, han visto incrementados sus gastos en un 500%. Las cifras que enfrentan superan con creces su economía de subsistencia. El futuro de la siempre precaria actividad teatral vuelve a tambalearse. Eso sí, esta vez, junto a todas las demás.

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DOS

Hay talleres, grados, posgrados y especializaciones para todos los bolsillos, destinados a explicarnos en qué consiste el rubro aparentemente suculento y ambiguo de la producción y/o gestión cultural. Mucha tinta y esfuerzo debe invertirse en dilucidar dos ámbitos: la infernal burocracia subsidiaria y el uso y abuso de las redes para posicionar nuestra existencia. Sin embargo, en el día a día la producción y la gestión rara vez se identifican bajo esas etiquetas. Se trata de cumplir con interminables listas de absurdos quehaceres que demandan tiempo, energía y plata cada vez que acometes la osadía de querer compartir tu genio creador.

Buenos Aires sabe de eso, de todo eso, como pocos lugares en el mundo. Quizá ya en su segunda fundación quedó asentada esa inercia de reinvención constante, de lucha contra los elementos y, sí, también contra sus habitantes y (des)gobiernos. La ciudad se manifiesta como un ecosistema indómito donde la excepción hace la norma y la legislación siempre llega tarde y con la lengua fuera a la iniciativa personal que, una y otra vez, persevera y ejerce su derecho a manifestarse libremente.

TRES

El pasado 25 de septiembre se celebró una de esas reuniones que cada tanto, acá y allá, tratan de aunar experiencias en las lides de la supervivencia creativa. Bajo el título de «Gestión y producción de alternativas culturales» fueron citados diversos espacios cuyas actividades y evolución resultan tan atractivas como diferentes: Fábrica Perú, La Cantera, La Libre Librería, La Sede y Polonia Teatro. Organizó el evento Espacio 33, un lugar que apenas lleva medio año funcionando y que, en su búsqueda de identidad, abre las puertas a cuanta actividad aparece tratando de acumular lo único atesorable en estos casos: experiencia y capital simbólico.

Los espacios invitados se caracterizan, por un lado, por haber sabido perdurar y adaptarse al siempre inquietante y mutable contexto porteño, y por otro, por compartir una serie de certezas que funcionan como principios: la defensa de la cultura como derecho, el deseo de tener un espacio desde el que poder desarrollar ese ámbito y la intención de que sus vidas estén en contacto con lo que esa vorágine implica. Se escribe o dice fácil pero se hace difícil. Se hace día a día, evento a evento, semana a semana. Con más o menos riesgos asumidos y mayor o menor inversión, pero siempre desde esa posición insólita para el sistema capitalista: la constatación de que rara vez se obtiene un beneficio económico pero, sin embargo,  ese conjunto de cosas es lo que otorga algún sentido a la existencia.

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CUATRO

En estos tiempos virtuales donde todo se resuelve en la distancia aséptica, encontrarse mano a mano con la experiencia ajena resulta reconfortante. Nuestra empatía despierta ante la enumeración de situaciones conflictivas que atraviesa cualquier involucrado en un proyecto creativo que dependa del funcionamiento de un grupo: cómo se reparten las tareas o se toman decisiones, cuánto se aprende de las interminables asambleas donde todos tienen derecho a expresarse, qué sucede cuándo la plata es la pescadilla que se muerde la cola, cuáles son las ventajas e inconvenientes de ser muchos o pocos a la hora de defender una causa y cómo el tiempo define la identidad de un espacio y del proyecto que alberga en función del uso y disfrute que los otros logren darle porque, en efecto, no hay forma de que ningún espacio permanezca abierto si no logra conquistar un público determinado que será quien finalmente determine su valor social y su potencialidad creativa en el ecosistema en el que esté inserto.

 Desde La Libre Librería afirmaban que si no se entra en crisis cada mes para pagar el alquiler, resulta mucho más sencillo mantener el deseo por el que se abrió el espacio y recordaban que aunque el impacto del “no” siempre es más poderoso, el “sí”, es mucho más necesario para seguir avanzando. Por su parte, La Cantera, una ONG que lleva más de diez años defendiendo el derecho a jugar y habitando espacios que visibilicen esa actividad como una alternativa de encuentro y conocimiento, se mantiene gracias al compromiso de catorce técnicos en recreación que gestionan y coordinan un trabajo que en todos estos años nunca ha generado nada parecido a un sueldo para ninguno.

Fábrica Perú, Polonia Teatro y la Sede representan tres modelos bien distintos de producción creativa. El primero ocupa una antigua fábrica de jeans y aunque su enorme dimensión lo convierte en un espacio que la legislación difícilmente habilitaría, hace años que funciona como lugar de ensayo, laboratorio de creadores y taller y galería para artistas plásticos. Su gestión implica una ardua tarea de creatividad que desafía los modelos conocidos. En los últimos meses, por ejemplo, presentó la Primera Edición de 12/24, un programa de entrenamiento escénico que generó una propuesta de intercambio docente muy necesaria en un año donde la inflación repercute negativamente en la formación artística.

 Polonia Teatro es un buen ejemplo de sala independiente. Nació como espacio de ensayo y se instaló como sala de teatro con programación cuatro días a la semana casi por demanda de sus usuarios, es decir, por culpa de los amigos. Si bien están enfrentando por tercera vez la burocracia de la habilitación en curso, son muchas las obras estrenadas en esta sala palermitana. Apuestan por darle lugar a primeras obras, ardua tarea que más de una vez les ha proporcionado la paradójica recompensa de ver cómo una buena obra crecía con ellos para mudarse a una sala más grande. Los caminos del teatro son tan inescrutables como los de la vida.

La Sede funciona como estudio de artistas y gestores. Se trata de una casa intervenida por múltiples actividades relacionadas con la literatura, el cine, las artes visuales, el movimiento y la crianza. Su interdisciplinariedad posee una fuerte impronta universitaria y política que prioriza la contextualización de sus iniciativas en un marco teórico y social donde la comunidad resulta imprescindible.

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 La charla se extendió durante más de tres horas pasando de lo particular a lo universal, del confuso recuerdo de un inicio azaroso a la certeza de este raro presente donde, aunque todo parece empeñado en subrayar lo contrario, más que nunca, podemos darnos cuenta del valor que estas iniciativas poseen, y lo necesarias que resultan frente a un modelo económico que pretende que las contemplemos como “ocios culturales prescindibles”.

 La cultura es un derecho y está lejos de ser solo un bien de consumo. Jamás fue prioridad para ningún gobierno y probablemente nunca lo sea. “Uno siempre está solo pero, a veces, está más solo”, escribió la poeta Idea Vilariño. Lo importante es saber dónde y con quién habitar y compartir esa soledad. Buenos Aires está lleno de refugios. No hay gobierno que temer. 

 

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