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Los ciegos de Bellatin

Carta sobre los ciegos para uso de los que ven (Alfaguara, 2017) es el nuevo libro de uno de los autores más prolíficos e inclasificables de la narrativa latinoamericana contemporánea.
Para una pareja de hermanos ciegos y sordos, el sexo y la palabra escrita se vuelven las únicas vías de contacto entre sí y con su entorno: un edificio sórdido poblado por enfermos mentales y emboscado por perros salvajes. Un curioso mecanismo de escritura que pone en superficie el proceso creador y cuestiona todos los lugares comunes de la producción y la crítica literaria.

La esencia de la escritura tiene algo de valiente o de idiota, según cómo se mire: trascenderse a uno mismo, ganarle al anonimato de la muerte, a la corrosión del tiempo. Hay una voluntad demiúrgica en todo artista, la de crear un universo personal que se sostenga por sí mismo y consiga vencer a la finitud de la vida. Desde la publicación de Mujeres de sal, el primero, hasta Carta sobre los ciegos para uso de los que ven, su libro más reciente, Mario Bellatin (México, 1960) ha conseguido captar en su escritura ese misterio, ese deseo, que moviliza a todo artista a tratar de atrapar lo inasible. Curioso, inquieto, Bellatin ha incursionado en la literatura, la fotografía, el cine, exposiciones artísticas y singulares performances que bordean el absurdo.

Carta sobre los ciegos para uso de los que ven comparte título con el libro homónimo del enciclopedista francés Denis Diderot. Publicado en 1749 le valió una estadía en el Château de Vincennes, donde permanecería preso durante meses. ¿La razón? Afirmar que de alguna forma nuestros códigos morales dependen de lo que percibimos –o no- por medio de nuestros sentidos. El libro, pensado como una larga epístola dirigida a una corresponsal anónima, revisita y analiza desde una perspectiva filosófica y epistemológica la ceguera.diderot

Para los ciegos, con los que directa o indirectamente Diderot se ha relacionado, sus manos son sus ojos. Es que el tacto es uno de nuestros sentidos más confiables al momento de captar formas, texturas, temperaturas. La piel, el órgano más grande de nuestro cuerpo, hace posible la magia de la caricia. Protege, delimita lo interno de lo externo, nos aísla y a la vez nos comunica con los innumerables estímulos que recibimos del exterior.

Los ciegos están obligados a la intimidad; tocar es para ellos una habilidad de una agudeza y precisión indecible. Imposibilitados de ver, sus principios morales, según el libro, son distintos: el pudor frente a la desnudez ajena, por ejemplo, no tiene sentido alguno. Para quienes vemos, algo tan espantoso como el asesinato, se relativizaría, atendiendo a lo visual. Nos resultaría más fácil matar a alguien desde lejos, a quien solo vemos como una masa informe, antes que a alguien a quien podemos verle el rostro.

Hay un interrogante que aparece sin respuesta en el texto de Diderot ¿cómo será la relación de los ciegos con la escritura? Es sobre este nivel que construye Mario Bellatin su libro: Isaías y su hermana son ciegos y sordos, con la salvedad de que ella puede oír –con algunas dificultades- gracias a un implante coclear. Este aparato le permite procesar lo que oye, y empleando la computadora portátil que lleva atada a su cuello, comunicárselo a su hermano, quien interpreta mediante otro aparato electrónico en sistema Braille. Una ciega que escribe todo el día. Una comunicación que parecería imposible se convierte en el extenso monólogo que nos introduce en la siniestra Colonia de Alienados Etchepare, en donde viven estos hermanos junto a un grupo de enfermos mentales.

Actualmente sigue habiendo una imagen bastante romántica del escritor: una persona excéntrica, under, bohemia, que circula por vías completamente distintas de las del resto de los mortales y tiene ideas súper voladas que le regala la inspiración, las musas homéricas. Bellatin va a contramano de esta construcción idealizada. En la presentación de Carta sobre los ciegos para uso de los que ven, que hizo en la FIL de Guadalajara, comentó que los hermanos de su libro están inspirados en personas que conoció realmente. Si se indaga un poco en internet, se descubre que la Colonia de Asistencia Psiquiátrica Dr. Bernardo Etchepare, existe también, a unos 70 km. de Montevideo, Uruguay. Sobre este lugar espantoso se han realizado múltiples denuncias por las pésimas condiciones de vida de los pacientes que allí viven. Están mal alimentados, algunos pudieron ser vistos desnudos en el patio, otros atados a los barrotes de las camas donde les toca dormir. De hecho, algunos murieron tras ser atacados por las jaurías que merodean en las cercanías. El peor momento de este lugar fue registrado en un video mudo.

colonia etchepare

Para enrarecer todavía más las cosas, en un juego voyeurista, Bellatin se mete a sí mismo en el libro, dentro de esa Colonia, como el escritor fracasado que llega para impartirles un curso de escritura creativa a los internos. Se asoma, como lo haría en Los fantasmas del masajista o en El gran vidrio. Lo autobiográfico atravesado por su imaginación nos instala en una duda que jamás se resolverá y nos empuja al abismo de lo ficcional.

Un escritor que no hace otra cosa que hablar de sí mismo, pretende enseñarle algo a alguien que no para de escribir. Un absurdo que nos aproxima a su concepción de la escritura: es intransferible, no se puede enseñar a escribir. Algo que era una especie de máxima en su trabajo como director de la EDDE (Escuela Dinámica de Escritores).

Haciendo un esfuerzo más o menos grande, un lector puede inferir la poética de un autor por medio de sus textos. En el caso de Bellatin, la lectura de este libro que ahora presenta, o de Underwood portátil, modelo 1915, nos permite intuir lo que representa para él su oficio. La escritura como una cuestión existencial, central en su vida. La cual antecede a cualquier razonamiento concreto y está por sobre todo lo demás, la literatura misma. La construcción de un texto por fuera de cualquier categorización o encasillamiento dentro de los géneros tradicionales. Un trabajo de limpieza, de elipsis, para dejar solo lo necesario. Son eliminadas las marcas temporales, espaciales, las descripciones copiosas. En una obra donde la clínica tiene un lugar tan central, el trabajo de este autor es equiparable a la precisión y asepsia de un cirujano.

Su estilo está cimentado en lo no dicho, lo sugerido, lo señalado. Crea un silencio, un espacio vacío que debe reconstruir el lector, que deberá estar especialmente atento en la lectura de Carta sobre los ciegos para uso de los que ven, ya que la narradora es poco confiable: dice y se desdice, señala las incongruencias entre lo que escribe y lo real, está encargada de sacar de su aislamiento absoluto a su hermano pero recurre a la mentira muchas veces. Construye un relato ficcional dentro de lo ficcional cada vez más sórdido y sin sentido. Es un libro donde se ha dejado de lado por completo la peripecia, la linealidad, la progresión de la historia para poner en primer plano al acto físico, orgánico, de escribir. Los personajes están inmóviles, estáticos en su completa soledad y sin embargo la voz narradora le da un dinamismo al libro que hace que no podamos parar de leer hasta el final. Somos interpelados todo el tiempo que dura la lectura.

ciegosLa palabra mutante, tan presente en la narrativa de Bellatin es absolutamente descriptiva de su obra que es una rareza y de sus personajes que no paran de transformarse todo el tiempo. Baste recordar la mujer que se convierte en lora en Los fantasmas del masajista o el grupo de travestis de Salón de belleza que devienen una especie de santas contemporáneas que dan asilo a un grupo de hombres moribundos. Otra recurrente en su producción artística es la dependencia orgánica, simbiótica, de otro para sobrellevar la vida, para el buen morir. Cuando uno termina de leer un libro de Bellatin se queda con la sensación de que el propio cuerpo parecería ser un espacio inhabitable. Sin embargo hay en sus personajes una lucha velada, absurda, por seguir existiendo.

Él ha expresado en variadas ocasiones que su única finalidad para la escritura es construir un texto que pueda ser leído de principio a fin. Que el lector no lo abandone. Y lo consigue, pero a esto yo le sumaría un sentido añadido, si se quiere, desde este lado, como lector. Sus libros dan un testimonio sobre lo humano en un nivel muy profundo, en una época tan deshumanizada. Por medio de sus personajes consigue colocar nuestra mirada sobre las personas, volver visible lo invisibilizado.

La de quien no ve es una experiencia vital carente de imágenes que, necesariamente, se trata de imaginar, de reconstruir lo ausente, lo jamás conocido. No otra cosa es la literatura. Bellatin ha escrito un libro sobre ciegos que nos enseña a ver más y mejor.

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