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La Nancy: del penal a la cancha de hockey

Nancy Herrera espera. Está acostumbrada a hacerlo. Tiene 40 años y casi la mitad de su vida la pasó en la cárcel. Apoyada contra un muro despintado que da hacia el oeste, el sol del atardecer ilumina el contorno redondeado de su rostro con la mirada fija hacia un potrero que sueña verlo alambrado y con césped. Nació en el Barrio Carlos Gardel y allí volvió, al principio de la pandemia, con prisión domiciliaria por una tuberculosis mal curada en el penal de Azul. Su mamá la esperaba en el silencio de la madrugada, dentro del pequeño departamento donde hoy viven.

IMG_5627 (1)—Fue feo salir y no ver a nadie en la calle. Todo era silencio, no había un solo auto en la autopista ni en el barrio. En el penal pensaba millones de cosas. Tenía miedo por mi familia y también de morir ahí adentro.

El departamento está en el primer piso del monoblock y su puerta se abre directamente al comedor, un rectángulo de escasos metros cuadrados y poca luz. A la izquierda, un vajillero guarda una barbie junto a un jarrón chino, fotos despintadas de familia, miniaturas de cerámica, dos pequeños trofeos dorados y souvenires de cumpleaños pasados. Una araña de caireles de plástico cuelga sobre el centro de la mesa de comedor que está tapada de palos de hockey, pecheras, bochas, canilleras y remeras. Nancy es la entrenadora del barrio desde que cumplió su condena, a fin del año pasado, y cada jueves logra reunir alrededor de quince pibes, como le gusta llamarlos.—No tenía prejuicios con el hockey, pero nunca me había interesado. Me anoté para entrenar en el penal porque siempre hice deporte. Me ayudó mucho a salir de todo eso, me despejaba la cabeza ahí adentro.

No le gusta hablar de su pasado ni de la cárcel. Las palabras se vuelven indeterminadas: todo eso, ahí adentro. Es un tiempo al que no le encuentra nombres. Se sonríe tímidamente cuando responde, aunque su mirada se ve triste y cansada. Su cabello oscuro y recogido contrasta con su piel blanca. Es alta, de espaldas anchas, camina dando pasos cortos y bamboleantes. Cada tanto, se detiene a hablar con alguien que la saluda y comparten cosas del vecindario.

—Es la primera vez que hacemos hockey en el barrio. Pensé que sólo vendrían nenas pero se sumaron varones. En ese potrero que está en la entrada queremos hacer nuestra canchita. Ahora jugamos en una municipal.DSCN6775 (1)

Estuvo dos veces presa, en distintos penales de la provincia de Buenos Aires, en lapsos de siete años. La primera vez, a los 21 años, por robo. A esa edad, esa condena le sonó a una eternidad. Salió con furia, mordiendo el deseo de venganza. Su hermano había muerto en una guerra de bandas y eso cambió toda su vida. El estruendo de esas balas resuena aún en su memoria.

—Yo fui la única que terminó el secundario en mi familia. Mis cuatro hermanas se casaron, tuvieron hijos, pero quedaron ahí. Yo quería ser abogada y terminé abanderada en el La Salle de Ramos Mejía.

Sonríe con una mezcla de ironía y resignación al recordarlo. Todo le resultó injusto en aquel momento: la pobreza, su hermano muerto, la vida que no fue. No duró mucho tiempo libre y volvió a caer. Se dio por vencida, se entregó, no quiso pelear más.

—Fueron experiencias que uno a veces tiene que pasar, cosas de la vida que trato de superar. Yo estaba mal, lo de mi hermano…. Estaba mal.  Por eso, ahora busco lo mejor para mí, trato de remediar eso y de ayudar a mi familia, que es la que siempre me apoyó.DSCN6751 (1)

La piel de sus manos se ve curtida y seca. Las mueve mientras habla y tiene un silbato colgado del cuello que se lleva a la boca para organizar a los chicos en la cancha, para empezar el partido, para que la escuchen, para terminar. No puede controlar a todos y algunos chicos se le escapan de la ronda, mientras ella habla para irse a jugar en otra parte de la cancha.

Nancy no está sola, la ayudan Grachu, su amiga de toda la vida, y Kevin, hijo de su hermano muerto. Todos, en ese barrio, parecen cargar con destinos trágicos de los que no pueden escapar, pero algunos lo logran. Kevin rozó el peligro de caer en adicciones en su adolescencia, pero salió. Hoy tiene 24 años, es presidente del Club Social y Deportivo Carlos Gardel y estudia Trabajo Social en la UNTREF. Grachu perdió a su hijo hace cuatro meses, en otra guerra de bandas, algo que se sigue repitiendo generación tras generación, como un rito atávico. Se encerró en su casa desde entonces y sólo sale para ayudar a Nancy en el manejo del territorio. Le consiguió trabajo en la Municipalidad de Morón y la ayudó a reinsertarse.

—No es fácil volver al barrio después de haber estado en la cárcel. La gente te mira mal, no te dan trabajo, perdiste tu lugar. No sos más la Nancy. Tenés que volver a empezar.

De la fundación Cuida la Bocha llevaron el hockey a la cárcel como parte de un programa de revinculación social y vieron que Nancy se destacaba, buscaba una nueva identidad y aceptó llevar el programa al barrio cuando saliera en libertad.

«El impacto en Nancy fue que se sintió apoyada, no juzgada. Hoy es un referente positivo en su barrio, entrena chicos y trabaja», dicen de la fundación.

Cuando baja el sol, es hora de volver a sus casas. Alrededor de la canchita empieza a haber un movimiento que a Nancy no le gusta. Un cortejo de autos con las ventanas bajas, caños de escape ruidosos y música a todo volumen están dando vueltas alrededor del lugar, sin rumbo fijo. Nancy los mira con desconfianza y toca el silbato tres veces. Reúne a los chicos en ronda, les saca las tobilleras, guarda los palos de hockey, los compromete a volver y se va en procesión, tal como llegó, con los chicos en fila, detrás de ella.

—Si además de divertirse y entrenar, les hacemos un bien para salir de la calle y de la droga, mucho mejor.

Nancy teme que eso a lo que no quiere ponerle nombre vuelva a su vida y se meta en la de estos chicos. Ve en ellos lo que ella fue y dejó de ser. Esa sombra la entristece y baja la mirada. Se queda en silencio un rato, se recompone y vuelve a sonreír.

El sol va cayendo y Nancy camina con los chicos, por las calles del barrio, cada vez más oscuras. Está atenta a que cada uno entre en su casa. Los ve subir por las escaleras de los monoblocks, espera a que les abran la puerta y confirma que sea alguien conocido por ella. Saluda con la mano y sigue así hasta acompañar al último de ellos. Quiere cuidarlos, quiere asegurarse de que sus sombras no los alcancen.

-Yo era la abanderada de mi curso. ¿Te conté eso ya?

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