Daniel Salzano

Daniel Salzano, el poeta ignorado por Dios

Por Fernando Pittaro

Si Dios atiende en Buenos Aires, como efectivamente parece ocurrir, sería un imperativo casi ético por su parte que abriese una sucursal divina en Córdoba. Así podría descubrir, por ejemplo, a uno de los poetas más nobles, sensibles y olvidados que dio esa provincia.

Daniel Salzano

Salzano es muchas cosas.  Y se lo recordará, al menos, por un puñado de ellas. Por ser inventor de los textos ­/ barrados /. Por ser el hijo de la costurera y el ferroviario. Por ser de Cruz del Eje e hincha de talleres. Por hablarle al tipo común y silvestre al oído y no desde un pedestal, por pintar la memoria de varias generaciones desde la mesa del bar Soracabana. Por ser el letrista de Jairo. Por ser el mejor cronista que la Voz del Interior jamás podrá volver a tener. Por ser el que escribió, entre muchas otras genialidades, que “el amor es como el chorro de vapor que suelta el corazón de las ballenas”. Y por ser el mismo que le aconsejó a un  principiante de las letras que  “para escribir hacen falta tres cosas: una silla, un lápiz y un papel; después hay que meterle todo para adelante; y cuando ya no haya nada por delante, hay que meterle todo para atrás”.

A ese cronista urbano de relatos costumbristas cargados de nostalgia y sabiduría popular, la endogamia porteña lo ignoró; la fábrica del canon  se lo devoró. Sus libros no se consiguen en Buenos Aires. “Me suena que es uruguayo”,  “debe estar descatalogado”, “preguntá en alguna de usados”.  O preguntale a Dios, que es más o menos lo mismo.

Y es triste que nadie sepa quién es Daniel Salzano, ese poeta que sabe las calles de su ciudad de memoria y las recorre con las manos en los bolsillos y la cabeza cargada de recuerdos.

Salzano, como Manzi, es el poeta de las cosas que se están yendo: las tertulias en los bares, los circos en los pueblos, los cines en los barrios, las calles de tierra, la radio fuerte desde el patio del fondo de la última casa de Alta Córdoba, los próceres que ya son posters, los actores de cine y los escritores que nos dejaron huella en las tripas.

Somos las películas que vemos, dijo Truffaut. Somos los libros que leemos, agregó Carl Sandburg. Somos, también, esos poetas que ignoramos.  Eso también somos.

Daniel Salzano

Así escribe DANIEL SALZANO

Algunos pibes de esta ciudad / llevan las manos en los bolsillos / al anochecer / parecen diablitos / con el pelo largo / y los ojos llenos.

Todos los hemos visto / al anochecer / debajo de una estatua / esperando una señal de los padres de la patria.

Algunos pibes de esta ciudad / saben silbarle a la Luna / al anochecer / parecen dibujos / sentados al borde de la Costanera.

Todos los hemos visto / al anochecer / en la puerta de la cancha / esperando el momento de hacerse invisibles.

Algunos pibes de esta ciudad / observan el infinito / al anochecer / parecen maestros / contando las luces / que cruzan el cielo.

Todos los hemos visto / al anochecer / abrir una chipaca / untarla con aire y chuparse los dedos.

Algunos pibes de esta ciudad / se acuestan pibes / al anochecer / se levantan hombres al amanecer / y nunca más / volvemos a verlos.

FOTOGRAFÍA: Diario Día a Día

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