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Barón Biza, semillas de una escritura

Dos días antes de que se produjera el atentado a las torres gemelas en Nueva York, Jorge Baron Biza se arrojó desde el doceavo piso de su departamento ubicado en el centro de la ciudad de Córdoba. El escritor y crítico de arte no hubiera imaginado en ese momento que su única novela, El desierto y su semilla  –publicada en 1998 en una edición que él mismo pagó de su bolsillo- iba a ser elegida por la revista española Babelia, en 2016, como uno de los libros más destacados de la literatura de habla hispana de los últimos tiempos, además de ser traducido al francés, italiano, holandés e inglés, un privilegio del que gozan apenas un puñado de escritores latinoamericanos. El salto al vacío vino a confirmar algo que muchos daban por descontado. El eco de su apellido y la pregnancia de una serie de episodios trágicos suscitados en el seno familiar signaron la obra de Jorge Baron Biza, quien nunca pudo escapar a la creciente sombra de una cruz heredada que selló su propio destino. “Una gran corriente de consuelos afluyó hacia mí cuando se produjo el primer suicidio en la familia. Cuando se desencadenó el segundo, la corriente se convirtió en un océano vacilante y sin horizontes. Después del tercero, las personas corren a cerrar la ventana cada vez que entro en una habitación que está a más de tres pisos. En secuencias como ésta quedó atrapada mi soledad”. Esas líneas consignadas como un conjuro en la solapa de su libro finalmente se transformaron en una profecía y Baron Biza murió sin saber que su obra, con el paso del tiempo, iba a cobrar una dimensión insospechada.

Un escritor excéntricobaronbiza

¿En qué tradición literaria podemos inscribir la figura de Jorge Baron Biza? Como señala Martín Albornoz, “disponerlo en la ristra de los suicidados y marginales ha sido en cierto modo la reacción más obvia y a la vez más perezosa” de la crítica. Pero además de la sentencia de habitante de los márgenes y miembro selecto del club de escritores de novela única y sin descendencia, Baron Biza cosechó otro calificativo que lo define mejor: el de escritor excéntrico, una definición que responde tanto al carácter original de su obra como a su ubicación fuera del centro o, en todo caso, a la creación de un centro propio en cuyo núcleo late la pulsión estética y la búsqueda de la belleza como elementos constitutivos de su escritura.

En cierto modo, Baron Biza era consciente de las marcas que había dejado en su producción esa condición errante que aparecía encriptada en una diversidad de lugares a un lado y otro del océano, sin conexión aparente: Buenos Aires, Friburgo, Rosario, Villa María, La Falda, Montevideo, Milán, Nueva York. Marcas de una existencia signada por incesantes traslados producto tanto de la turbulenta relación de sus padres como de los avatares políticos del país que lo habían llevado a rebotar de ciudad en ciudad durante gran parte de su vida. “Siento que escribo desde la mitad del Atlántico. Estoy con un pie en Europa y otro en América”, confesó en 1998. Los chispazos de esas tensiones entre centro y periferia parecieron intensificarse a partir de su mudanza definitiva a la ciudad de Córdoba. La buena recepción que tuvo El desierto y su semilla por parte de la crítica porteña le permitió, al menos inicialmente, acortar la distancia entre Córdoba y Buenos Aires, aunque la aparente disminución de esa brecha insalvable no bastó para torcer el rumbo de un final anunciado. Córdoba era una caja de resonancia de las tragedias familiares de los Baron Biza y cuando eligió ese lugar para radicarse definitivamente también eligió enfrentar los fantasmas del pasado y aproximarse al ojo de un torbellino amenazante que podía arrastrarlo.

myriam steffordUn monumento en forma de obelisco, emplazado a pocos kilómetros de la ciudad de Córdoba y mandado a construir en 1936 por su padre, el millonario Raúl Baron Biza, para honrar la memoria de quien fuera su primera esposa –la actriz y aviadora Myriam Stefford fallecida en un accidente aéreo– atraía como una aguja imantada las limaduras y filosos recortes de una historia extravagante. La magnífica tumba de ochenta y dos metros de altura –erigida sobre los restos de la joven aviadora y donde supuestamente también habían sido enterradas sus joyas- alimentaba todo tipo de fantasías y especulaciones entre el público cordobés. En el imaginario popular se fueron fusionando los nombres de esa saga familiar y se confundieron acontecimientos, protagonistas y momentos históricos, hasta quedar todo perfectamente engarzado por el hilo de la tragedia y la locura.

El nombre en disputa

Jorge Baron Biza era hijo de Raúl Baron Biza y de su segunda esposa, Clotilde Sabattini, militante política y feminista. Su padre es autor de una obra literaria apenas recordada que se publicó con gran repercusión entre las décadas de 1930 y 60 en nuestro país. Porque me hice revolucionario (1932), El derecho de matar (1933), Punto final (1942) y Todo estaba sucio (1963) fueron algunos de los títulos con los que este extraño personaje se ganó un lugar en las páginas negras de las letras vernáculas y el mote de “escritor maldito”. La separación y diferenciación de esas dos figuras – la del padre y la del hijo- que persistían en estado de espectral simbiosis y unidas por el halo siniestro ceñido sobre ese apellido, constituían para Jorge Baron Biza una materia pendiente. “Empecé a escribir muy tarde. Tal vez porque temía que me confundieran con mi padre, él mismo un escritor notable. Ahora tengo un cierto apuro. Tengo 57 años y no gozo de buena salud”, decía en 1999 en una entrevista publicada tras la aparición de su novela.

Clotilde_SabattiniRosa Clotilde Sabattini, madre de Jorge Baron Biza, alcanzó notoriedad pública por su desempeño en el ámbito político y educativo a mediados del siglo pasado. Hija del líder radical y gobernador de la provincia de Córdoba, Amadeo Sabattini, Clotilde participó desde muy joven en las filas femeninas del radicalismo. Con la llegada del peronismo al poder, conoció la cárcel y el exilio. El punto cúlmine de su carrera se produjo durante la presidencia de Arturo Frondizi, cuando fue designada presidenta del Consejo Nacional de Educación (1958-1962), un cargo al que nunca antes había llegado una mujer. Pero la estrella de Clotilde comenzó a apagarse el 16 de agosto de 1964 cuando, tras incontables idas y vueltas, pactó reunirse –en presencia de sus abogados- con Raúl Baron Biza para acordar los términos del divorcio sin sospechar que el encuentro era, en realidad, una emboscada. Baron Biza había preparado la escena: una botella cargada con ácido, previa determinación de lanzar ese líquido corrosivo sobre el rostro de quien hasta entonces había sido su esposa. Clotilde tenía cuarenta y cinco años y ese episodio marcó, además del comienzo de un infructuoso periplo para reconstruir su propia imagen tras recibir la agresión sobre su rostro -narrado con minuciosidad y delicadeza por su hijo en El desierto y su semilla-, el inicio del desmoronamiento familiar. A ese acto infame, le siguió -en horas- el suicidio de Raúl Barón Biza, años más tarde –en 1978- el suicidio de Clotilde, luego el de Cristina –la hija menor del matrimonio-. El ácido no sólo borró las líneas armónicas que definían el perfil de una atractiva mujer, también esfumó los demás acontecimientos de su vida. Los diferentes momentos en los que se escalonaba la biografía de Clotilde Sabattini quedaron finalmente subsumidos en ese fatídico suceso.

 

En busca de la belleza perdida

A lo largo de su carrera, Jorge Baron Biza publicó en los principales medios gráficos del país, así como en revistas especializadas, suplementos culturales, catálogos y apuntes de cátedra. En el terreno periodístico, ningún género escapó a su pluma: crónicas, entrevistas, ensayos, comentarios y la reseña –donde alcanzó notas altísimas- son muestras de un espíritu preocupado por las más variadas aristas del quehacer cultural.

baron bizaSegún consta en su currículum, Baron Biza se inició –a comienzos de la década de 1970- en tareas de corrección y edición en la editorial Abril, una de las más importantes de la Argentina de aquel entonces; luego trabajó para otras editoriales donde también cumplió funciones como traductor, prologuista y recopilador. En ámbitos periodísticos, fue jefe de redacción y subdirector de La Revista y Arte al Día, y colaboró en First, Nueva, Clarín, Página/12, Tres Puntos, La Voz del Interior, entre otros medios gráficos del país. Además de la novela mencionada, fue el primero en traducir El Indiferente de Marcel Proust al castellano y es autor del ensayo que acompaña al mismo texto (editorial Rita-Rosemberg, 1987). En 1992 incursionó en la docencia con el dictado de cursos sobre “periodismo de revistas” y, a partir de 1995, impartió clases en las carreras de Comunicación y de Letras en la Universidad Nacional de Córdoba y también en Catamarca, pero la ausencia de un título de grado y la burocracia universitaria le cerraron con doble vuelta de llave las puertas de los claustros académicos. “Me formé en colegios, bares, redacciones, manicomios y museos […] Todavía me quedó tiempo para leer a Mann, traducir a Proust y trabajar treinta años como corrector, negro, traductor, editing man de unos trescientos libros, redactor y periodista, en una amplia gama de revistas que incluyó desde revistas pornográficas y house-organs de sanatorios psiquiátricos, hasta la escritura de horóscopos fundados sobre versos de grandes poetas y la subdirección de una revista de alta sociedad, pasando –por supuesto- por importantes obras culturales y varios años como reseñador de arte”.

El escritor en lo alto

Numerosos críticos y escritores de renombre se ocuparon en los últimos tiempos de la obra de Jorge Baron Biza. En nuestro país, Christian Ferrer, Alan Pauls, Daniel Link, Sylvia Saítta y María Moreno, son algunos de los intelectuales que repararon en el tinte prodigioso de su escritura. Además de celebrar su novela, siguieron su estela hasta los confines de los suplementos dominicales y las revistas culturales donde Baron Biza dejó, con sus exquisitas notas, un cielo centellante de agudas observaciones y las más variadas citas de la cultura universal en forma de retratos, reseñas y crónicas. En 1999, Baron Biza había logrado concretar la publicación de Los cordobeses en el fin de milenio (Ediciones del Boulevard), un libro que recopilaba una veintena de artículos periodísticos publicados en el matutino La Voz del Interior. Esos escritos rebosantes de detalles y referencias del mundo urbano se lucen en la voz de un narrador exquisito, capaz de combinar la sencillez de un relato callejero con pinceladas de notable erudición. Según Christian Ferrer, el oficio de crítico de arte y la redacción de crónicas urbanas era una combinación posible en la escritura de este autor “porque Jorge Baron era culto podía prescindir de la jerga académica y porque era libre se interesaba por la cultura popular”.

Baron Biza

El abanico de temas abordados por Baron Biza nos habla de un escritor autodidacta con una sólida formación –especialmente en áreas como filosofía, historia del arte, literatura, estética y teoría de la cultura- y siempre abierto a la exploración y el planteamiento de nuevos enfoques para el análisis cultural y la crítica periodística. Tanto en su faceta de escritor –además de El desierto y su semilla, algunas investigaciones dan cuenta de la existencia de una novela inédita titulada La mujer en lo alto– y como resultado de una profusa labor en el campo de la crítica de arte y el periodismo, Jorge Baron Biza dejó una vasta obra escrita, también reseñada en 2010 por Martín Albornoz en el libro Por dentro todo está permitido (Caja Negra). La reciente reedición de El desierto y su semilla en Argentina por el sello Eterna Cadencia, además de revalorizar la figura de este singular escritor, allanó el terreno para que el público local pudiera asomarse a un autor que brilló con luz propia y cuya producción se inscribe en la mejor tradición del periodismo y la prosa literaria argentina.

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