
La compañía teatral Si la luna cumple 10 años y sus miembros aprovechan la coincidencia de su aniversario con la celebración del Día Internacional del Teatro, el 27 de marzo, para contar un poco de su historia como colectivo. Desafíos, alegrías y frustraciones de una actividad en la que las decisiones artísticas son políticas y en la que la obcecación por resistir a la «miseria naturalizada» es un imperativo que motiva a continuar, con la esperanza de inspirar a otros.
La palabra compañía implica, envuelve, nos hace cómplices. Estar en compañía es saberse menos solo. Contar con alguien. Nos hace posibles. No sólo por el teatro, pero sí gracias a él. Sin el teatro no nos habríamos conocido en Espacio 33, en Boedo, Buenos Aires, hace diez años. Seríamos otras personas y no estaríamos renovando nuestro compromiso en uno de los peores años de la historia argentina reciente. Pero somos teatristas. Por vocación y empeño. Nos elegimos. Cada día, cada semana, cada mes, desde hace diez años.
Si la Luna es una compañía teatral hispanoargentina. No hubo asamblea fundacional, acta firmada, ni siquiera una cena simbólica que marcara su inicio. Si la Luna somos Fernando Del Gener, Jimena López y Macarena Trigo. Esas cosas que se dicen y son tan extrañas, nuestra primera obra, podría haber sido una de las cientos del circuito autogestivo porteño que se bajan tras un puñado de funciones. Contra todo pronóstico, pese a haber estrenado en una sala sin habilitación para treinta y cinco espectadores, la obra se mantuvo. Se recomendó, tuvo buenas críticas, viajó a España —bah, la llevamos; nadie te llama. Hay que ir donde se quiera, lo fuimos aprendiendo.
En algún momento necesitamos un nombre para aplicar a una convocatoria y lo manoteamos del estribillo de una de nuestras canciones: “Si la luna supiera, si la luna quisiera…” Como tantas cosas, no lo pensamos demasiado. La vida, como el teatro, sucede. En 2018 llegó Rhonda, el unipersonal de Jimena. También se estrenó en Espacio 33 y cumplió varios sueños de su actriz. Vino a verla, nos felicitó y la recomendó, Maravilla Martínez. Participó en festivales, se presentó en Barcelona y realizó varias giras. Una función en Plottier, con la bolsa colgada de un árbol y un único cuarzo en el piso como iluminación, nos reveló lo impensado: funcionaba al aire libre.
Cuando Macarena reestrenó Por eso las curitas, un biodrama autobiográfico, nos dimos cuenta de que teníamos tres producciones y unimos fuerzas. Si le dedicábamos a todas las obras el mismo trabajo, seguiríamos haciéndolas hasta… hoy. Después sumamos un espectáculo lorquiano y una conferencia cómica sobre el desamor.
Si la Luna se hizo fuerte durante el macrismo y sobrevivió a la pandemia. Confiábamos en que el teatro volvería. Pero cuando lo hizo, el mundo era otro. Perdimos nuestra sala, Espacio 33. Expulsados por la precariedad laboral y la violenta subsistencia en la gran ciudad, dimos un salto en el vacío y apostamos por explorar el territorio.
No todos los caminos llevan a Roma ni el universo teatral termina en Capital Federal. Lentamente ampliamos nuestro radio de acción. Primero hacia el conurbano y luego incursionando en la provincia de Buenos Aires. En 2019 El Refugio Teatro, en Pigüé, recibió nuestras obras y talleres y en enero del 2020, poco antes de que todo se detuviera, realizamos las primeras Jornadas de Creación y Producción Escénica en la Sierra Austral. Un delirio autogestivo donde El Refugio fue sede y al que se sumaron las localidades de Tornquist, Coronel Suárez y Cura Malal. Hubo talleres, funciones, charlas y hasta una residencia de dramaturgia en la Tranca, pulpería inverosímil donde la magia es cotidiana, dirigida por Mercedes Resch. Aquellas jornadas tuvieron cuatro ediciones en la zona. Recibieron apoyo del Instituto Nacional de Teatro y, las últimas, en 2023 contaron con el reconocimiento del programa Gestionar Futuro del Ministerio de Cultura de la Nación.

El Refugio Teatro fue clave en el mantenimiento de ese proyecto y se convirtió en nuestro consulado al sudoeste de la provincia bonaerense. Coprodujimos obras y talleres en su sala mientras seguíamos explorando el territorio. Del Borde en Las Flores, LAM en Saladillo, La Criba en Azul, Chamula en Olavarría, La Panadería y Juanita Primera en Bahía Blanca, La Barda en Río Colorado, El Caldero en Carmen de Patagones… Íbamos con una obra y volvíamos con otra descubriendo espacios que son y hacen una enorme diferencia en sus localidades. Una sala de teatro es mucho más que un lugar donde ofrecer funciones. Su vitalidad comunitaria y su sentido trascienden con mucho su rol de exhibidores en un corredor escénico invisibilizado. Son generadores de acción y pensamiento, reservorios de lo sensible, lugares donde sentirse a salvo, donde abandonar el miedo por un rato y probar que la vida es algo más que la miseria naturalizada. Es mucho y muy bueno lo que puede y debe contarse sobre cada uno de esos espacios.
Pero el circuito cultural bonaerense no lo conforman sólo salas teatrales. Hay proyectos desmedidos como Casa Runa en Pedro Luro, Jagüel Club Cultural de Coronel Pringles o La reserva natural Las Piedras. Iniciativas como El Avistadero de Bonifacio, un colectivo de mujeres ansiosas de reactivar la cultura en su pueblo, donde nos recibieron sesenta personas un domingo a la tarde y donde una mujer se acercó para agradecer: era la primera obra de teatro que veía.

Deslumbramientos de ese calibre son los que recordamos cuando el desánimo hace lo suyo. Ser una compañía teatral autogestiva es uno de tantos eufemismos donde quizá esperamos que se sobreentiendan demasiadas cosas. Hay que articular cómo llegar a cada lugar, conseguir combustible, alojamiento, comida. Poner valor a la entrada o decidir si la función es a la gorra, en cuyo caso explicamos al público lo mucho que eso significa, la confianza que depositamos en él, la alegría que experimentamos al invitar a quien no puede aportar, la necesidad de que en la gorra se deposite un valor y no un precio… Nos gusta charlar tras la función. Es parte de nuestra tarea conocer al público, que quieran volver al teatro, que deseen que lleguen más grupos.
Para que todo esto sea posible hay que ser muy creativo, googlear hasta el cansancio, mandar mails, aplicar a convocatorias, tomar coraje y hablar por teléfono con quien sea para solicitar, vender, probar suerte y entregarse a quién sabe qué diálogo que en ocasiones da frutos. No todo es lindo pero en qué trabajo no hay alguna tarea detestable.
Esa búsqueda de aliados puede generar gratas sorpresas. En estos años descubrimos que allá donde hay una biblioteca popular con una comisión deseosa de recibir propuestas, hay un espacio escénico en potencia. La buena noticia es que la red de bibliotecas es nacional. La mala que, como casi todo en estos días, su existencia está en riesgo. Es un placer haber trabajado con la Mariano Moreno de Sierra de la Ventana, La Cultural y la Alcira Cabrera de Bolívar, la Sarmiento de Coronel Suárez, la de Saldungaray o la 4 de Febrero de San Martín de los Andes, entre otras.
Dedicarnos al teatro en todas las formas que somos capaces es nuestra forma de hacer política. Descentralizar la actividad cultural y llevar nuestras obras donde no hay salas son decisiones políticas. Demanda una gran capacidad de adaptación. El teatro también es confiar en que el pacto ficcional con el público, su deseo de que la obra salga bien, será lo que nos salve, lo que redima cualquier posible falla.

Nuestro empeño nos ha llevado a otras provincias donde la admiración por las iniciativas personales y colectivas sigue creciendo. Conocimos El Tubo en Viedma, el TKQ en Santa Rosa, La Quimera en Intendente Alvear, el Sindicato de las Maravillas en Córdoba, La Hormiga Circular en Villa Regina, Trama en San Martín de los Andes, La Podestá en Trelew, El tablado en Puerto Madryn… El viaje afianza la certeza de que la red teatral debe ser federal.
Cumplimos diez años y, ante la ausencia de buenas nuevas, nos proponemos ser la excusa para el brindis, la cita, el regalo. Celebraremos este aniversario de tantas formas como seamos capaces. Comenzamos en verano con la que fue nuestra cuarta gira patagónica. Realizamos dos ediciones de uno de nuestros proyectos más queridos: el Festival Itinerante de Unipersonales. La idea surgió en 2019 en Espacio 33. Nuestra sala coprodujo varias obras en ese formato y queríamos que viajaran. Pandemia mediante, recuperamos el impulso para llevarlo a cabo en 2022. Desde entonces se han realizado nueve ediciones en distintas ciudades. En el FIU las salas funcionan como coproductores. Se invita a obras locales y compartimos una de las nuestras. Hay encuentros con el público y capacitaciones. El último, realizado a mediados de febrero en Lago Puelo, en Teatro Casero, fue particularmente significativo. El público, atravesado por la tragedia de los incendios que arrasaron la zona, peleaba por recuperar algo parecido a la normalidad. Reímos, lloramos, compartimos su angustia y nos hicieron el mejor de los regalos: profundos silencios donde nos hicimos fuertes.
Cumplimos diez años. No somos la prueba de nada, pero deseamos profundamente que nuestro humilde quehacer inspire a alguien más allá afuera. Elegimos vivir en uno de los pocos países donde el teatro es una fuerza, nuestra y de muchos, de tantos como lo aman y disfrutan. Cómo no celebrar. Cómo no seguir dando batalla para que otro país y otro mundo sean posibles.
“Hoy la felicidad no existe, no puede existir ni existirá, pero aún podemos trabajar para que nuestros descendientes la conozcan”, escribió Chéjov en alguna de sus cartas. Pediremos por eso al soplar las velas de la torta.

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