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La sonrisa de Andruetto

Se caen los párpados cuando la crecida de dulce de leche inunda la boca. Giran juntos la avena, las nueces y los suspiros de la propia humanidad. Es en Cabana donde se elaboran artesanalmente estos alfajores que saben a plenitud en la simpleza. Y es ahí, en ese poblado, donde elige vivir María Teresa Andruetto, la escritora cordobesa.

Un camino desde la imagen hacia la voz dijo ella aludiendo a cómo le venía la poesía. Y el camino de Unquillo a Cabana se me hizo poesía, con su arboleda sosteniendo cobijos de alas y su arroyo al lado que parecía andar más rápido que mi auto. Líquida, saltarina, huidiza, el agua piruetea entre las piedras, acaricia el berro y se aleja mientras avanza hacia quién sabe qué destinos. Me dio mirada de belleza pero también pensé en la modernidad líquida de Bauman.

Se han derretido los sólidos, dice el sociólogo, mostrando una realidad actual que hace aguas los poderes institucionales, los políticos y deforma lo familiar y personal. Ya no más sueños de libertad al oprimido, el problema ha sido agotado. ¿Qué será entonces de las luchas emancipadoras de María Teresa Andruetto? Todo se muestra incierto, desconocido, titubeante.

Ella sí debe conocer de incertidumbres. Desde esos tiempos que le negaron el derecho a presumir por el título recién ganado en La Docta. Esa Córdoba de susurros y corridas silenciosas; de despojos, expulsiones y picanas. Épocas de jóvenes sudando frío, latiendo rápido, respirando cortito, clavando uñas en sus palmas. La imagino a ella con la voz callada en la boca seca partiendo para la Patagonia a freezar los miedos y su propia existencia.

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Hoy no hay certezas, todo cambia de forma permanentemente. No se sabe hacia dónde va la humanidad, qué va pasar con esta sociedad que se está licuando. Pero ella sabe de no saber lo que ocurre y lo que ocurrirá. Los vientos del sur habrán enredado sus preguntas sobre el tipo de vida humana que desarrollaría el futuro.

La voz le volvió creando historias de vida de ese futuro de aquellos tiempos mientras va abriendo sus propios caminos en los nuevos paisajes. La época de la dictadura argentina se le va metiendo como ráfagas en las rendijas de sus narraciones, sobre todo en los modos en que se fueron rearmando esas vidas.

En la actualidad las vidas de las personas son públicas. Las intimidades privadas se exhiben en las pantallas de todos. Si hasta parece una broma a la individualidad tan defendida por María Teresa. Esos rostros humanos que siempre muestra en sus obras, esas singularidades que busca para honrar la heterogeneidad, para valorar y defender lo particular de cada cual. La construcción de la identidad individual y social. Su interés por visibilizar esas profundidades. Ir al interior de la persona para comprenderla, comprenderse, comprendernos. Porque en ella siempre hay un nosotros/nosotras. Se interesa por los demás; busca, mira, se preocupa, se ocupa. Considera a la escritura como un acto de comunicación profunda. Y ese lugar, dentro de uno, no es un lugar individual. Porque aunque es lo más propio de uno, ese lugar interno es un lugar donde refractan los otros, la sociedad donde uno vive. Sus letras y sus propias acciones delatan su enorme sentido de comunidad.

El pensamiento crítico solía ser la defensa de la autonomía privada ante la esfera pública. Hoy lo privado coloniza el espacio público. Sumatoria de individuos con inquietudes y objetivos privados, tan individuales que no llegan a formar problemáticas colectivas. Sin embargo la Tere, como le dicen sus próximos, se muestra con mensaje comunitario. No pierde oportunidad en defender a los suyos, a los invisibles, a los avasallados. Como cuando le otorgaron el premio Andersen y habló de la necesidad de la palabra que haga balbucear a la lengua oficial, una suerte de contrapoder frente a lo uniforme y lo hegemónico. A los figurados dueños de la lengua, en el Congreso de la RAE, los increpó: ¿De quién es la lengua?; fue en nombre de la comunidad a la que pertenezco y en el mío propio. Sus discursos, su obra, su propio cuerpo está puesto en lo social. Así como acomoda palabras en cuentos, novelas, ensayos, poesías, del mismo modo marca presencia en diversidad de colectivos. Ahí se la ve, a la par, acompañando; puede ser a las mujeres, al monte, a los chicos presos y cuantos espacios sean necesarios para aunar fuerzas.

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Y a pesar de que la actualidad incentiva y predispone a actuar de manera egocéntrica y materialista, ella se abre, se interesa, se compromete. Yo empecé a estar atenta al tema de las mujeres cuando no se hablaba de esto. Estuvo con las mujeres del barrio, hace como cuarenta años, articulando con un movimiento feminista. Tal vez le despertó fascinación e indignación ese mundo femenino cuando era pequeña, rodeada de mujeres viejas, escuchando los susurros en esas casas oliendo a sopas y desinfectantes con el mandato de atender y cuidar. Y está tan impregnado aún en ella que sigue visibilizando de distintos modos a las atropelladas por los maridos, por los que las rodean, por el poder, por la miseria; porque para pedir justicia hay que saber de las injusticias. Asiste permanentemente a convocatorias de organizaciones y programas que abarcan zonas de género. La imagino gozosa rescatando voces inéditas, olvidadas o perdidas en la colección Narradoras Argentinas, con otras dos mujeres.

El consumismo se filtra mojándolo todo en esta nueva modernidad. Entre tantas palabras cáscara envueltas en rimbombantes paquetes, la literatura que ella ofrece se desliza hondo en el mundo de pequeños y jóvenes afinando sensibilidades y animando el ingreso a universos impensados. Pronuncia con resquemor la categoría infantil y juvenil, prefiere la vida sin adjetivos y se encarga de avisar que los techos aplastan.

Hoy todo es fugaz, instantáneo, acelerado. Pero a ella nada la apura. Si hasta en los revuelos que provoca se percibe su calma más tierna.

La utopía ha muerto, arrastrada por las aguas. Teorías. Ella no se deja engañar. Sonríe. Siempre sonríe.

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